nov 8, 2008
La crisis de la religión en América Latina
Presentación de la edición Enero-Junio 2008,de la revista de análisis y reflexión teológica “Alternativas”
Carlos Palacio
¿Cómo abordar el problema del futuro del cristianismo cuando se es consciente de la complejidad del actual momento histórico? ¿Es posible hablar de ese futuro sin ser visionario? ¿O se trata de un ejercicio de imaginación? Pensar el futuro del cristianismo es un acto de responsabilidad teológica, para todo cristiano. Y de modo especial para ese cristiano reflexivo que es el teólogo. Pero, ¿cómo pensarlo? Sería imposible abordar la cuestión del futuro del cristianismo en América Latina sin pasar por un análisis de la situación actual del cristianismo como un todo.
Hace mucho tiempo que el pensamiento contemporáneo, incluido el no cristiano, se preocupa por la situación actual del cristianismo. Poco importa saber si la crisis actual es más o menos grave que otras por las que ya pasó el cristianismo a lo largo de su historia. Para nuestro intento es suficiente tratar de comprender con la mayor lucidez posible lo que en ella está en juego para la fe cristiana y para el futuro del cristianismo. De manera breve y sintética resumimos la situación actual a partir de dos grandes transformaciones que caracterizan el momento presente de la sociedad occidental y repercuten profundamente en el cristianismo: una mutación cultural en primer lugar. Ella no se refiere sólo a las transformaciones internas por las cuales pasó la cultura occidental a lo largo de los siglos, sobre todo a partir del inicio de la modernidad; ni a lo que se dio en llamar, de manera eufemística, “mundialización de la cultura”.
Lo que se revela en la actual crisis de la cultura occidental es un cambio radical en su “cosmovisión”, que está inseparablemente relacionada con una manera nueva de relacionarse con la trascendencia. Dos transformaciones profundas cuyas repercusiones se hicieron sentir en todos los ámbitos de la existencia, tanto personal como social. La rapidez vertiginosa con la que en poco más de tres décadas se modificaron instituciones, hábitos, costumbres, valores, etc., en la sociedad occidental, son el inicio más claro de que esas transformaciones atañen no sólo los fenotipos de la “visión cultural del mundo” sino que modifican sus genotipos y nos colocamos, por tanto, ante una verdadera mutación de la cultura.
Algunas características de esa situación cultural nos permiten vislumbrar el alcance de esas transformaciones, sin que sea posible todavía caracterizar de forma nítida el perfil de la nueva cultura en gestación. Lo más evidente, tal vez, sea la crisis generalizada de valores, con el vacío de sentido por ella generado, que afecta no sólo a los individuos sino también a la sociedad como un todo. Es lo que viene a tono con otro trazo característico de nuestra época que comenzó con la toma de conciencia ecológica y la necesidad de proteger el medio ambiente, y fue dilatándose hasta la preocupación del “cuidado de la tierra” como espacio común de la humanidad: es necesario y urgente establecer una “nueva alianza” de los seres humanos con la naturaleza si queremos preservar el futuro de la vida y su cualidad humana. Esta conciencia se impone cada vez con más fuerza en las diversas sociedades y culturas, a pesar de las grandes resistencias que encuentra en la ceguera de los distintos grupos interesados en explotar económicamente la naturaleza, como si ella fuese una fuente inagotable de “recursos”.
Detrás de esa toma de conciencia hay una reacción contra la concepción puramente funcional, utilitarista e instrumental de la naturaleza en nombre de las posibilidades ilimitadas de la ciencia y de la técnica, y un rechazo abierto del tratamiento predatorio impuesto a la naturaleza por el hambre devoradora de la tecnología moderna. La raíz última de esa crítica es la crisis de la propia razón moderna y el ocaso de las ideologías por ella segregadas: el fracaso de lo que se podría denominar “proyecto de la modernidad”, el desencanto con sus “conquistas” y la consecuente crítica a sus presupuestos. Ese es el significado de lo que se acostumbra nominar “posmodernidad”. La ciencia y la técnica son incapaces de ofrecer al individuo razones para vivir, de descifrarle el sentido de la vida y la unidad de su existencia. Ahora bien, sin unidad y sentido, el ser humano no puede vivir. Esas contradicciones explosionarán de manera patente con la globalización de la economía.
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