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Nuevo Amanecer
nov 8, 2008

Batallas

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David Ocón
Un punto en la distancia entre Siena y Florencia, San Romano y la masa informe de cipreses surge en la llanura Toscana. A Paolo Uccello le apodaron el pájaro por su amor a las aves, el amante de la perspectiva necesitaba elevarse como ellas, mirar de lejos para que los puntos de fuga sobre el horizonte encauzaran el alejamiento de los planos con disminución de los objetos y desvanecimiento del color.

La visión sometida a leyes estructuradas por principios geométricos ineludibles lo hará representar el espacio conteniendo la transparencia del aire y el ritmo que pulsa de cerca hacia la lejanía. Son posibles las simetrías, situaciones que la casualidad dispone en paralelo, dos escritores encontrados de modo sucesivo con sus personajes imbuidos en la guerra reportando en crónicas y fotografías la danza de la muerte en Sarajevo.

Los Reverte acompañan a sus parejas por la ciudad martirizada atrapada en la trama cruzada de las balas con sus calles horadadas flanqueadas por snapieristi o francotiradores que desde los árboles y edificios ruinosos disparan contra todo ser humano que circula. Pautada por el estruendo y las manchas pardas, anaranjadas de las bombas que explotan en el valle al lado de la muerte se planta la vida, el amor y la pasión se alzan incólumes reflejando en los cuerpos desnudos por el ardor de la cópula el tono ígneo, fulgurante, que emiten los impactos de los artefactos bélicos.

Las tres tablas dispersas en los Uffizi, el Louvre y la National Gallery de Londres conforman el tríptico que tanto inquietó a los artistas del siglo veinte.

Recordaba robustos caballos blancos, rojos y azules, equinos de color irreal que asombran con sus ancas anchas, crines cepilladas y cascos enormes, bellas máquinas de carne y sangre esperando inquietas la señal, el instante de lanzarse a correr o alzar las patas delanteras cuando el guerrero empuña la espada y su armadura irradia destellos.

“El Pintor de Batallas” descubrió en “La Batalla de San Romano” la clave con la que Uccello visibilizó lo invisible dejando a la geometría abrir rutas en el tríptico, al azar ceder paso a lo inexorable, las lanzas se entrecruzan formando diagonales, primeros planos frente al espectador, al través despliega puesta en escena aséptica, sin comentarios, amoral, pues matar es como un juego de ajedrez, piezas dispuestas sobre el tablero con tal propósito donde los contendientes toman posiciones y accionan y el artista enfoca y narra. Paolo no añade ni resta, deja al hecho intacto devenir en su facticidad terrible, si aparece el dolor, rictus agónicos en los rostros, bocas abiertas por gritos o expiración, son meras consecuencias, resultantes adheridas al binomio triunfo o derrota.

Arturo Pérez-Reverte menciona el orden en el caos y el efecto mariposa, podemos argüir que la confusión de la batalla, su ruido implacable producto del relincho de los caballos y el chocar de las armas se resuelve en curvas, rectas, radios, segmentos verticales y horizontales, colores intensos y diluidos aplicados por Paolo cual sostén inevitable, porque en el acto de componer ordenó ese caos desenrollando la espiral del torbellino. Es muy simple o poco sorprendente deducir que el efecto mariposa propició en el futuro inmediato la intervención de su mano diestra capaz de lograr trazos y colores perfectos para plasmar un suceso memorable en la historia de las repúblicas florentina y sienesa, aunque por rebote y como ley de causa y efecto, Paolo Uccello no cargó ninguna culpa, responsabilidad o muerte alguna, limitándose sólo a meter lo perverso en el cauce que corresponde a su observación precisa.

Siete siglos después el aleteo de la mariposa sopló aires heroicos en la hacienda de un pequeño país tercermundista, en “La Batalla de San Jacinto”, la mano del pintor mexicano Luis Vergara y Ahumada mostró ante la perspectiva del corredor y los corrales la trayectoria mortal de la piedra que lanzó Andrés.

Septiembre 2008.



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