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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Viernes 06 de Marzo de 2009 - Edición 10260
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La extrema derecha triunfa en Israel


El estado de Israel, desde sus inicios, ha puesto sus esperanzas en un sistema basado en la proporcionalidad, su intención es la de legitimar el amplio espectro ideológico de la nación. Sin embargo, este mismo sistema pretendidamente justo, ha sido aprovechado por las minorías fundamentalistas para evitar que se constituya una mayoría absoluta en el Gobierno.

Desde la creación del Estado de Israel por las Naciones Unidas, en el siglo pasado (hace más de sesenta años), el gobierno israelí ha sido prisionero de una minoría de extrema derecha fundamentalista. En efecto, casi todos los gobiernos formados desde ese entonces, han tenido una representación minoritaria, pero influyente de los partidos religiosos israelitas, que se han caracterizados por su ortodoxia e intransigencia.

Ha sido necesaria la formación de gobiernos basados en alianzas disímiles. Es más, para constituir pretendidos gobiernos de unidad nacional, los números fríos muestran un importante viraje hacia a la extrema derecha, favoreciendo de este modo, a Netanyahu y a sus aliados. La responsabilidad a la hora de tener que hacer concesiones a los partidos de extrema derecha y ultra ortodoxos con los que negocia su futura coalición, eso significa que el líder del Likud podrá formar una coalición viable.

Este extremo multipartidismo en un país con más de siete millones de habitantes, ha propiciado que las pequeñas formaciones, especialmente las fundamentalistas de derecha, tengan una influencia desproporcionada respecto a su importancia electoral.

Para ellos, un gobierno derechista duro presagia el renacimiento del viejo sueño del Likud de un “Gran Israel”, de mantenerse firme en relación a todos los asentamientos, de no acordar con los palestinos, de no hacer concesiones sobre tierra ocupada, semejante gobierno será el más extremista de la historia de Israel. Determinará si se le puede poner la tapa al caldero de Medio Oriente, o si simplemente seguirá revolviendo hasta que se desborde.

Otrora minorías marginales se han convertido, con el apoyo de la diáspora, en poderosos instrumentos de chantaje, hasta el punto de configurar varios estados paralelos en los territorios ocupados a los palestinos, con redes de asistencia propias, con relaciones exteriores autónomas y, en algunos casos con influencia desproporcionada en el ejército y el Mossad.

El arcaísmo teocrático y el oscurantismo están sobre representados en el gobierno israelí, con la tremenda paradoja: de que es la mayoría laica la que financia las excentricidades de algunos fanáticos de la Torah. Los fundamentalistas judíos, igual que los islámicos, están comprometiendo las oportunidades de paz en la región.

Israel es un país semisecuestrado internamente por los rabinos y fundamentalistas vestidos de negro, por colonos racistas que sueñan con el Gran Israel, por variopintos fanáticos y otras especies raras; la mayoría financiados y alentados desde el exterior, especialmente desde los Estados Unidos y Europa, que se oponen a la devolución de los territorios ocupados.

Con la alianza con otros halcones y con esa proterva hermandad de extremistas de derecha, con gran influencia en el Gobierno, es difícil que se pueda fijar una línea divisoria entre la religión y el Estado, probablemente imprescindible para tener un chance de lograr la paz en la región.

Israel está hoy en una situación de crisis que nunca había conocido. Un país propenso a operaciones militares que, acaban siendo crímenes de guerra, pero que son acogidas con fervor y perfectamente consensuadas, con los más “ilustrados” de los medios de comunicación. Se ha convertido en un gueto armado, rodeado de murallas y habitado por una angustia demográfica, sin futuro, sin esperanza, sin sueños, una sociedad con terribles fracturas; sin que hayan interiorizado aún el alcance futuro de la crisis económica.

Pero si todavía queda una oportunidad para que la sociedad israelí rompa el círculo de miedo, desesperación y odio creciente; es necesario reconocer los derechos de los palestinos y abandonar los territorios ocupados ilegalmente.

Sin reconocer los derechos de los palestinos, no es posible hablar de existencia judía ni es posible desarrollar otra visión. No se puede hablar de igualdad sin una visión fundada sobre la igualdad nacional y ciudadana entre judíos y árabes. No podemos hablar de democracia y rechazar la igualdad. La visión de dos Estados para dos pueblos dejaría de ser un mero eslogan.


*Jurista, Politólogo y Diplomático.




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