mar 14, 2009
Huérfanas de la guerra
Erick Aguirre
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| ARNULFO AGÜERO Guillermo Cortés Domínguez, Isolda Rodríguez y Erick Aguirre, durante la presentación de la novela “Huérfanas de la guerra”, en el Instituto de Historia de la UCA. |
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Se dice a menudo que la única fuerza que mueve al intelecto especulativo (y yo me atrevería a agregar, invirtiendo los términos, a una quizás improbable “imaginación racional”) es la verdad. Pero, como ya alguna vez lo dijo, con relativa propiedad, Santo Tomás de Aquino: el poder y el amor también han demostrado ser capaces de mover el corazón humano a las más insólitas acciones; lo cual por supuesto no demerita la extraordinaria influencia de la búsqueda de verdad en los “más importantes” acontecimientos de la historia.
De manera un tanto maniquea, Umberto Eco especula que esa fuerza tan influyente en el devenir histórico es igualmente reconocible en su antípoda, es decir, en la falsedad o tergiversación, en el error o la mentira como fuerzas motrices de muchos, incontables, acontecimientos históricos. Su argumento, sin embargo, es contundentemente ambiguo: si todos los mitos y las revelaciones de todas las religiones, que sin duda han movido la historia humana, no son sino mentiras, no nos quedaría entonces más que concluir que vivimos desde hace milenios bajo el imperio de lo falso.
“Puesto que muchos en el curso de la historia han actuado creyendo en lo que algunos otros no creían, es forzoso admitir que para cada uno, en medida distinta, la Historia ha sido en gran parte el Teatro de una Ilusión”, dice Eco, para quien la Historia quizás sea una “típica invención borgesiana”, es decir, la invención de una invención. Y precisamente a ese axioma que a un tiempo contiene en sí mismo la mentira, la verdad y el error, es al que no logran escapar los grandes intentos narrativos centroamericanos en la búsqueda de una verdad que le dé sentido a sus propias historias.
Desde las Crónicas de Indias, pasando por las memorias o testimonios individuales y colectivos de denuncia histórica, política y social en la región, hasta las obras narrativas de ficción como objetos estéticos que intentan interrogar o representar esa pretendida “verdad histórica”, contienen elementos subjetivos, evocativos e invocativos (y seguramente también inventivos), en los que opera un inevitable mecanismo de subversión que irremediablemente los sitúa en el siempre imprevisible e inextricable terreno de lo que Eco caracteriza como “invención borgesiana”. Una invención cuya dinámica establece un pugilato constante entre Historia, Memoria y Realidad.
Precisamente, en ese terreno movedizo siempre subvertido por la memoria, se sitúa también, inequívocamente, la nueva novela de Guillermo Cortés Domínguez, “Huérfanas de la guerra”, que personalmente es para mí motivo de júbilo y celebración, pues sigo pensando, y quiero reiterarlo en público, que la publicación de una novela de autor nicaragünese, independientemente de la modestia o desmesura de sus logros particulares, a estas alturas es sin duda motivo de alegría y celebración, pues se trata de un género de árido cultivo, especialmente en Nicaragua.
Para el novelista salvadoreño Horacio Castellanos la “literatura utópica” centroamericana (esa que intentaba hasta hace poco interrogar o representar una pretendida “verdad histórica”) estuvo embarcada en un viaje que duró muy poco, y afirma que los nuevos novelistas del istmo ahora están embarcados en lo que él considera los valores esenciales del ser humano: las pasiones, las envidias, los odios, los amores, los celos. Y en efecto, al hojear las páginas de “Huérfanas de la guerra” nos damos cuenta que, pese a arrastrar todavía, en gran medida, esa rémora incómoda y pesada de los traumas postbélicos, nos sumerge en el torbellino de esas pasiones y valores esenciales de la humanidad.
Recurriendo a diversas técnicas y a un punto de vista narrativo flexible y a veces cambiante (el de un periodista que sueña y se obsesiona con la dramática historia de amor de un campesino nicaragüense y una maestra cubana, alternando con otras voces), el autor nos lleva por diversos espacios y tiempos, sobrevolando las geografías de Mesoamérica y el Caribe cada vez que intenta situarnos en los puntos neurálgicos de su narración; una narración que a veces parece crónica, a veces, reportaje y saludablemente con más frecuencia se sostiene como narración literaria.
Y esa mixtura de géneros, me parece, es su gran acierto; además de la utilización suigéneris del paratexto, en este caso un prólogo que, en apariencia, y sobre todo inicialmente, da la impresión de ser gratuito o inocuo, pero que finalmente, en perspectiva, se nos revela necesario e incluso esencial, pues cumple la función de dirigir la comprensión hermenéutica del texto y nos termina de definir con detalle las relaciones, no sólo entre los distintos personajes, sino también entre lo imaginado y lo históricamente evocado en la novela, es decir, entre los supuestamente real y lo supuestamente imaginario.
Pero si en algo esta novela de Guillermo se nos muestra contundentemente literaria o ficcional, es decir, como una novela que pese a recurrir eventualmente a los géneros y lenguajes periodísticos no deja de ser una obra narrativa de ficción, es en su permanente autorreferencialidad. Con la utilización literariamente audaz de los personajes, el autor hace que la novela se autorefiera constantemente: el proceso de su elaboración o construcción, se nos va refiriendo con cierto detalle en las conversaciones del narrador Lucasio y su colega y amigo Rufino, a su vez autor de una novela inédita cuya irrresolución lo angustia y lo lleva a desanimarse y a participar en la construcción de esta otra novela en la que él ha sido escrito y creado.
Incluso, el descubrimiento de las oportunidades y desafíos que ofrece el ejercicio de las técnicas y recursos del periodismo literario, llega a ser una herramienta crucial en los planes narrativos de las jóvenes huérfanas de guerra, Hilda y Vania (la primera nicaragüense y la segunda nacida en Cuba), personajes que durante el proceso de la narración van a la vez tejiendo y narrando sus propias historias; así como el propio narrador recurre constantemente a un viejo diario escrito en la década ochenta, para ubicar mejor los hechos que narra en la novela.
En un pasaje del prólogo, el autor nos regala un diálogo premonitorio de sus protagonistas: Rufino le pregunta a Lucasio si no le molesta que alguien escriba sobre el mismo tema acerca del cual él está escribiendo, y éste contesta con una cita de Gabriel García Márquez: “no importa el tema, porque jamás harás algo original después de tantos siglos de narración; lo que verdaderamente interesa es cómo contás la historia”.
La lectura de ese diálogo (y dichosamente no me salté el prólogo, pues sospechaba que era parte esencial del texto narrativo y no un mero recurso paratextual) fue lo que me hizo sobrevivir como lector de ficción a lo largo del resto de páginas de la novela. Por eso confieso aquí que, más que la historia de la “Operación David”, orquestada por la CIA en territorio nicaragüense y contada por primera vez con todos sus detalles; más que la representación o guiño de “verdad histórica” que contiene esta novela, me entusiasma sobre todo su factura; la osadía del autor en la mezcla de géneros, lenguajes y recursos narrativos. Me entusiasma ese tratamiento narrativamente lúdico del tema histórico o político, en medio del territorio movedizo entre la realidad y la ficción, la historia y la memoria.
Hija, nieta o bisnieta de una nueva tradición, quizás inaugurada por Cortázar con “Rayuela”, la novela “Huérfanas de la guerra” nos indica que en nuestra narrativa hay un proceso de búsqueda y de cambio; una búsqueda y un cambio que cuentan cada vez más con la posibilidad de una liberación verbal y una liberación individual como requisitos primigenios.
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