¿Cómo podemos defender la vida de las mujeres?
Mónica Zalaquett En lo que va del año han sido asesinadas en nuestro país 17 mujeres por motivos de género, el doble que el año pasado en la misma fecha, y por ello resulta sorprendente que la comisionada Mercedes Ampié, Directora de las Comisarías de la Mujer y la Niñez, persona sensible a este drama, haya comentado que se trata de una cifra que la Policía había previsto en sus estimados.
En relación con el asesinato de mujeres no podemos reducir el problema a las cifras, que en sí mismas resultan espeluznantes cuando leemos que el año pasado hubo cinco mil mujeres asesinadas en México o 600 en Guatemala, sino que debemos considerar con alarma la tendencia creciente al homicidio por parte de hombres contra mujeres por el sólo hecho de serlo, es decir la manifestación cada vez más evidente de un odio peligroso y mortal hacia lo femenino.
De esta terrible tendencia no se escapa Nicaragua, por lo cual el grito de alarma de las mujeres en nuestro país es absolutamente legítimo. Ya quisiéramos saber qué pasaría si por el contrario hubiesen muerto asesinados a mano de sus mujeres 17 hombres en lo que va del año, si la ciudadanía reaccionaría con la misma frialdad con la que recibe las informaciones cotidianas sobre agresiones, mutilaciones y crímenes de mujeres
No nos engañemos, aunque haya de por medio asociación con el crimen organizado, el narcotráfico o la trata de personas, el feminicidio obedece claramente a un impulso misógino, es decir, está siendo motivado por explosiones de furia contra las mujeres. Estamos hablando de que en la actualidad es cada vez mayor el riesgo de ser asesinada por el solo hecho de ser mujer y peor aún, es cada vez más peligroso morir en manos de la propia pareja.
¿Qué está ocurriendo? Debemos recordar que en el ámbito de las relaciones familiares imperan las relaciones de poder, una cultura autoritaria caracterizada por los abusos y las arbitrariedades que se cometen impunemente bajo el pretexto de que “nadie debe meterse en cosas de pareja” “los asuntos de familia son privados” o “los hombres tienen derecho a mandar en su casa y a hacer lo que quieran”.
En este contexto la violencia no constituye una excepción, sino una norma de trato, en tanto la intimidación se requiere para preservar las condiciones de dominación de unos sobre otros. Este modelo de familia enfrenta actualmente una profunda crisis debido al desempleo que impacta fuertemente en los roles machistas tradicionales, en tanto impide a millares de hombres cumplir su función como proveedores y coarta su poder económico.
Y es el hombre común, típico jefe de hogar, acostumbrado a mandar, a gritar, a imponer, a no escuchar la opinión de la pareja o los hijos, el que tiende a la promiscuidad sexual, a beber licor y a gastarse el dinero en lo que quiere, el que está siendo golpeado por el desempleo, la desocupación y la falta de oportunidades, mientras a la vez su pareja, aquella que antes se quedaba en casa haciendo los oficios, se ocupa cada vez más en labores formales o informales, gana dinero y se resiste a entregarle a su salario y a seguir obedeciendo sus órdenes.
Estos cambios en los roles tradicionales de la mujer, que ocupa un lugar cada vez más relevante en la vida pública, desplazando muchas veces a los hombres en diversos espacios laborales, han impactado enormemente en las relaciones tradicionales en la familia, puesto que las mujeres tienen cada vez más independencia y más poder de decisión en los asuntos económicos mientras los hombres se sienten cada vez más frustrados y humillados por la desocupación, la subocupación o en el mejor de los casos la disminución de sus ingresos.
En una sociedad patriarcal donde lo peor que le puede ocurrir a un hombre es parecerse a una mujer, millares de hombres están obligados ahora a quedarse en sus casas, pese a lo cual se resisten a realizar oficios domésticos o a ocuparse de la crianza de sus hijos, tareas que les parecen femeninas y por ello profundamente humillantes.
Esta transformación tan relevante en las relaciones de poder entre hombres y mujeres, que no ha sido acompañada de un cambio en las mentalidades de género, ha sido poco comprendida y estudiada, precisamente por tratarse de cambios que ocurren en el ámbito privado. Pero es evidente que los hombres están tratando de recobrar a través de una violencia específicamente dirigida contra las mujeres y la niñez, un sentido de fuerza y poderío amenazado por el desempleo y la desocupación, como también por el creciente protagonismo de las mujeres en la vida pública.
Debemos reconocer que se ha hecho muy poco por ir desarrollando en los hombres la comprensión y claridad sobre la importancia fundamental de los cambios de género en su propio beneficio. Una inmensa mayoría sigue viendo los cambios de la mujer como una amenaza, en lugar de verlos como un avance sustantivo para el progreso de la familia y la sociedad, lo que se debe en gran medida a que no han descubierto por su parte el impacto negativo de la cultura de género en sus vidas, es decir, cómo ellos son víctimas también de la cultura patriarcal y cómo los roles machistas destruyen sus vidas.
Es un hecho que no podemos seguir avanzando en los cambios de género en la sociedad en forma unilateral, sino que debemos promoverlos simultáneamente en hombres y mujeres para evitar que el espacio familiar se convierta en un ámbito de permanente confrontación y de tremenda inseguridad para los más vulnerables.
Una amiga de Jalapa me relataba que cuando capacitaban a una campesina en el tema de género y ella llegaba a reclamarle a su pareja el respeto a sus derechos, corría el riesgo, bastante alto de que le respondiera con una agresión o un machetazo sin que tuviera medios para protegerse. Ella me contaba que los campesinos también pedían ser capacitados en los temas de género, para entender mejor lo que les planteaban a sus parejas.
Defender la vida de las mujeres requiere por ello mismo de un inmenso esfuerzo cultural que debe comenzar con la formación de nuevas identidades masculinas desde la temprana infancia, en preescolares, escuelas, pero también en los medios de comunicación y en todo espacio donde se eduque o forme opinión para cambiar las mentalidades de género prevalecientes.
Se necesitan políticas de Estado que den a este tema la importancia merecida y por supuesto una labor decidida de los organismos de la sociedad civil para promover masculinidades libres de violencia y una paternidad responsable.
Proteger la vida de las mujeres requiere tipificar el feminicidio y trabajar en un código para los delitos intrafamiliares, mejorar la atención a las víctimas y brindarles albergue cuando sea necesario, pero sobre todo requiere cambiar la concepción de los hombres sobre su propia masculinidad.
*Directora Centro de Prevención de la Violencia
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