mar 19, 2009
Misterio en el gallinero
Por Pablo Candia
SUROESTE DE KANSAS, U.S.A.
Ha sido una costumbre añeja en los pueblos de Nicaragua que los patios de las casas no sólo sirvan como hermosos jardines rodeados de árboles frutales, sino también que sean usados para criar aves de corral.
Mi amado pueblo natal, Niquinohomo, no ha sido la excepción. Crecí prácticamente rodeado de gallinas, patos y chompipes. Mi madre los criaba para tener comida o los vendía para sacar alguna ganancia.
Los criadores de aves de corral en Nicaragua siempre han enfrentado a un enemigo tradicional de sus gallineros: los zorros, y algunas veces hasta las propias gallinas come huevos, de donde se origina el famoso dicho nicaragüense que “gallina que come huevos, ni que le quemen el pico”.
En el pasado los gallineros de los pueblos nicaragüenses también tuvieron un enemigo muy especial y misterioso: las “micas” roba gallinas. Uno de los preciosos relatos misteriosos de mi padre se refería a un raro episodio del cual fue protagonista. Contaba que mi abuelita paterna, además de ser una reconocida tortillera en el viejo
Niquinohomo, también tenía un extenso y productivo gallinero, con más de cien aves de corral. En aquel entonces mi padre era un joven soltero, quien vivía con su madre en un fresco caserón de paja al lado de un gran patio. Esa casa donde mi padre nació y creció estaba ubicada frente a la casa de la respetable y recordada señorita Andrea Pupiro, dueña de la primera empresa de transporte en el municipio.
Mi padre decía que cuando había luna llena, llegaba una “mica” a robar gallinas en el patio de mi abuela, esto pasaba después de la medianoche cuando todo el vecindario dormía profundamente. “El alboroto y el cacareo de las gallinas nos despertaba, y yo agarraba un machete y salía corriendo a ver qué pasaba, pero yo solo miraba una silueta alejándose velozmente por la calle, con grupos de gallinas en el hombro; era imposible sorprender in fraganti al animal,” narraba mi padre.
Las gallinas dormían en varios árboles de jícaros, el misterioso ladrón subía hasta allá para robárselas. Cierto día, mi padre se propuso emboscar al animal y se alió con un buen vecino llamado don Manuel Pupiro.
Con don Manuel Pupiro mi padre hizo un plan para la siguiente luna llena, que sería un mes de marzo, cerca de Semana Santa. El plan consistía en armarse con garrotes y machetes, no dormir esa noche, además salir rápidamente de la casa con las “armas” en la mano cuando empezara el alboroto de las gallinas. Don Manuel se quedó pernoctando en su casa y mi padre en la suya.
Un poco después de la una de la mañana, la luna brillaba intensamente sobre el pueblo, cuando de pronto las gallinas en medio de una gran alboroto comenzaron a tirarse desde los árboles. Al grito de “ahí está la mica ladrona” ambos amigos salieron velozmente de sus casas en el momento preciso en que el animal también se lanzaba desde los árboles, llevaba a cuestas varias gallinas.
El misterioso ladrón alcanzó rápidamente la calle y mi padre le lanzó el primer garrotazo y dio en el blanco. Con gran velocidad don Manuel le lanzó un segundo garrotazo que, según mi padre, hizo que el animal diera varias volteretas sobre la calle, soltara las gallinas y lograra escurrirse debajo de una cerca emitiendo chillidos agudos.
Pero, ¿quién era ese misterioso ladrón de gallinas? En Niquinohomo, relataba mi padre, habían varias mujeres, ya un poco mayores, que según los chismes del pueblo, se convertían en “micas” y en “ceguas” para salir a robar gallinas y asustar a los “Don Juanes” trasnochadores.
Una de esas féminas era una mujer que igual que mi abuela paterna, trabajaba echando tortillas en su casa ubicada cerca del viejo rastro de Niquinohomo. Esa dama se llamaba Aurelia y estaba casada con un hombre muy alto y fornido a quien la gente le decía “Josesón”, por su estatura.
Después del incidente en el gallinero de mi abuela, los clientes de doña Aurelia notaron que ella había dejado de echar tortillas, y la explicación que su marido daba es que estaba enferma, recuperándose fuera de Niquinohomo. Un tiempo después doña Aurelia reapareció con su trabajo de tortillera, cuando mi padre lo supo fue a su casa con el pretexto de encargarle unas güirilas. “Ahí estaba otra vez Aurelia trabajando a la orilla de su fogón, pero noté algo raro: andaba ambos brazos y la cabeza vendados. Le pregunté qué le había pasado y me respondió que se había caído. No le seguí preguntando, me volví a la casa y le comenté esto a Manuel y mi mamá”, narraba mi padre.
Luego, mi padre comenzó a oír los comentarios de mucha gente en el pueblo que tenían gallineros, todos concluían que repentinamente los robos de aves se habían detenido.
Yo tenía unos siete años cuando conocí a doña Aurelia. Vívidamente recuerdo que era una mujer alta, enjuta, con cabellos largos encanecidos, era muy erguida, casi un esqueleto de pie y cara pequeña, arrugadita, con unos ojos chiquitos. Ella era de poco hablar. Su físico y semblante eran sumamente misteriosos.
imprimir enviar
|
Misterios & Enigmas
Sabiduría ancestral
La fuerza activa y positiva de la magia
En búsqueda de la armonía
Equinoccio de primavera
Las energías definen el éxito
Mundo Astral
Misterio en el gallinero
|