may 23, 2009
La hermandad de la buena suerte
Novela ganadora del Premio Planeta, 2008 (Fernando Savater. Editorial Planeta. Barcelona). J. Ernesto Ayala
Tenía razón José María Guelbenzu, a propósito de la concesión del Premio Planeta al pensador, ensayista y articulista Fernando Savater por su novela “La hermandad de la buena suerte”, de recordarnos las primeras palabras de “Infancia recuperada”, según las cuales su autor, el mismo Savater, se aprestaba a contarnos todas aquellas historias que su imaginación se veía incapaz de contar.
Desde entonces, Savater encontró algunas historias que contarnos: podríamos citar “El jardín de las dudas”, finalista del Planeta 1993, un relato epistolar que escondía una muy interesante novela de ideas (de las ideas ilustradas de Francia y España), y una más reciente, “El gran laberinto”, una novela escrita aparentemente para chicos.
Han pasado unos pocos años desde la publicación de esta última, cuando Savater vuelve por la senda de la ficción. Y lo hace con una novela aparentemente de aventuras. Unas gotas de misterio policiaco sazonan el producto literario. Y unas muy medidas ideas sobre el azar o la suerte, la vida y el deterioro físico. No faltan tampoco algunas incursiones metafísicas en la línea de Jorge Luis Borges, autor al que Savater dedicó, dicho sea de paso, una de las mejores biografías (editorial Omega) publicadas en los últimos años.
“La hermandad de la buena suerte” se divide en 14 capítulos. Se alternan relatos en primera persona con otros en voz omnisciente. Todo ello muy bien resuelto. El nudo de la historia es la misteriosa desaparición de un jockey. Encontrarlo es la misión que el dueño de un caballo ganador encomienda a cuatro individuos de dudoso pasado. De estos cuatro personajes, el Príncipe, el Profesor, el Doctor y el Comandante, sólo dos tienen voz propia en la novela: el Profesor y el Doctor. Y son ellos los que cargan con la sustancia ética o no ética de la historia, con dos maneras antagónicas de percibir la realidad.
El mundo que rodea la novela es el del turf. Con sus reglas y con sus avatares, Savater ha construido una suerte de divertimento o pastiche (en este sentido, en el del pastiche, Eduardo Mendoza ha hecho lo mismo en algunas novelas suyas). Hay trámites que nos acercan a la experiencia del género de aventuras, como es el caso cuando el Profesor y el Comandante descienden hasta una carbonera (una suerte de infierno al mejor estilo de Wells mezclado con Lovecraft).
No hay ninguna duda, por otra parte, de que Savater ha querido transmitir a su relato cierta dosis de emotividad, como esos diálogos casi de ultratumba entre el Doctor y su mujer ya fallecida. Pero no siempre lo logra. La mínima sensación de gravedad queda enseguida neutralizada por una acción o idea hilarante, que son las más.
Hay una escena de violencia, en una isla apócrifa, de lucha entre buenos y malos o entre malos y menos malos que denota la falta de decisión de Savater en este lance. No es que esté mal escrita. Le falta el gancho de la convicción novelesca. En realidad este gancho le falta a toda la novela. El objetivo artístico, que elogiaba Nabokov de Stevenson.
Por eso puede suceder que el lector no sepa exactamente qué está leyendo. Al final la novela tampoco queda bien cerrada. O no queda bien abierta, que también podría ser. Y “La hermandad de la buena suerte”, con tener algunos buenos momentos, como el capítulo ocho, desperdicia la riqueza narrativa que otorga siempre el dibujo de un protagonista ausente, como es el caso del jockey desaparecido. De él no sabemos nada, excepto que es imprescindible en su oficio para ganar un gran premio. El País(“La hermandad de la buena suerte” se encuentra a la venta en Literato. Tienda de libros)
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