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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Domingo 28 de Junio de 2009 - Edición 10363
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Una historia de conversión y emprendimiento

Lavandería "Mi Angel"

Hay personas que mueren por una causa; otras nacen para cumplir un propósito. Por eso nació Ángel


Lavandería
Sandra Lainez, preparando la entrega de ropa. Óscar Sánchez / END

Empleo casi no hay, pero trabajo hay en p…

Estoy seguro de que al mencionar el nombre “Yakutinga’s”, no lo asociarán únicamente a un escenario de telenovela, sino también al escenario donde aparentemente se confabuló el asesinato del conocido periodista Carlos Guadamuz, hecho ocurrido hace poco más de cinco años.

Por mucho tiempo pasé frente a ese antro de mala muerte. ubicado en San Judas, sobre la pista Sub-urbana. Un día de tantos, el rótulo del Yakutinga’s Bar no estaba en su lugar. Tampoco los borrachos, ni los prostitutos ni las prostitutas. ¿Qué habrá sucedido? ¿Lo habrá cerrado la Policía?... No preciso cuándo, pero una noche vi un rótulo que decía “Lavandería Mi Ángel”. “Ah”, pensé, “seguro el Yakutinga’s se fue a otro lugar. A un local más grande. Seguro que sí…”.

¿Y qué tiene que ver esto con los emprendedores?, podrá ser la pregunta que a estas alturas se harán los más impacientes lectores. La entrevista con la señora Sandra Lainez Ayala, responderá tal interrogante.

¿Qué estudios tiene?

Me bachilleré y estudié magisterio. Ejercí la profesión varios años y después puse mi negocio, una venta de comida, y después el bar (Yakutinga’s) que lo tuve por 17 años.

¿Qué la hizo tomar la decisión de poner ese tipo de negocio?
Me enamoré de un hombre de la Isla de Ometepe y me lo traje para acá (Managua). Era un campesino que no sabía nada más que de agricultura y quería ayudarme. Yo trabajaba todo el día. Él cuidaba la casa. Comenzó vendiendo cocteles, después cervezas, después licor…, cuando nos dimos cuenta ya teníamos un grupo musical, pista de baile… Después me quedé trabajando en el negocio.


¿Cómo era la vida de ustedes mientras tuvieron ese negocio?
Cuando yo me vine a trabajar en el bar, mi marido ya era alcohólico. A veces se tomaba hasta una caja de cervezas, para poder dormir. Vivíamos con los pelos de punta. Peleábamos por todo. Yo caí en un vicio que es lo más terrible: el juego en las máquinas tragamonedas. Pasaba días enteros sin moverme de la máquina. Intenté dejar de jugar, y para eso tomaba pastillas para dormir. Ahora que todo cambió, me doy cuenta de que eso no era vida.

¿Podía atender a sus hijos?

Mi madre me los veía. Yo llegaba a mi casa, casi como visita. Tuve la mala suerte de que mis hijas antes de cumplir los quince años tuvieran pareja. La de 23 años, por ejemplo, tiene tres hijos, el mayor de doce años.

¿Qué motivó el cambio de sus vidas?

Mi segunda hija, Mayling, salió embarazada, y cuando tenía siete meses le dijeron que no tenía líquido amniótico y le dieron por muerto al niño. Entonces le provocaron el parto. Al nacer el niño respiró pero tenía el problema de no poder defecar y eso requería una cirugía. Los médicos no le daban probabilidades de salir con vida, pero el niño salió vencedor. Eso nos fue llenando de esperanzas. Pero entendí que las cosas no estaban en manos de los hombres, sino de Dios. Y me dije: “¿Qué me va a oír Dios si tengo una cantina, con bacanales y homosexuales?”
Un día de tantos, un pastor que llegaba a “La Mascota”, me dijo que primero me convirtiera a Cristo y que el resto vendría por añadidura. Entonces comencé a hacer pactos con Dios. Me arrodillé y le pedí al Señor: “Saname a Ángel (el niño) y yo te prometo que nunca más volveré a echarle una moneda a las máquinas. Esa fue la época en que bebí pastillas para dormir, porque ese vicio es muy difícil de quitar, pero lo logré. Comprendí que cuando hacía pacto con Dios el niño mejoraba. Es que el niño tenía el colon y sus tripitas de fuera, así lo estábamos criando.


¿Qué otro pacto hizo después de retirarse de las máquinas?
Dejé de fumar. Eso también fue difícil, hasta que lo logré. Cuando no tuve nada que pactar, hablé con mi marido y le dije: “¿No te gustaría que el niño sanara? Dejá de beber, dejá de fumar. Y lo hizo. Cada vez que hacíamos pacto, el niño mejoraba.

Pero continuaban con el bar…

Sí, es que nos poníamos a pensar: ¿de qué vamos a vivir?, ¿cómo vamos a mantener la curación del niño? Pero yo quería su sanidad total, y un día le puse fecha y hora al cierre del Yakutinga’s. Discutí con mi marido, pues él me preguntaba de qué viviríamos. No sé, le contesté. Dios proveerá. Cancelamos a nuestros proveedores, y cuando terminamos de pagar, teníamos treinta y cinco córdobas. Así cerré aquel negocio.


¿Cómo fue esa nueva etapa?
Comencé a vender el mobiliario para poder comer, y a pensar qué tipo de negocio poner. Estamos cerca de los semáforos, pensé. Tal vez, salir a vender gaseosas, agua helada… Pero cuando uno anda en los caminos del Señor, le comienza a pedir dirección para no equivocarse. Una madrugada me desperté y le dije a mi marido: “Ya sé lo que vamos a hacer”. Yo tenía unas máquinas de lavar. “¡Vamos a poner una lavandería!” Vos sos loca, me dijo. “¡Cómo no, vamos a pintar, a poner una manta en la calle y a quitar el rótulo del bar! Y le vamos a poner Lavandería Mi Ángel, en honor al niño”. Estábamos palmados, pero unos hermanos de la Iglesia nos ayudaron con la pintura y las volantes.


¿Cuándo abrió sus puertas la lavandería?
Fue el cinco de enero. Pero desde el cuatro por la noche recibimos los primeros clientes, pues la gente sabía que iniciaríamos el día cinco. Yo pensé en algo bien popular para tener el dominio sobre la clientela que me rodea, que es gente pobre. Al precio que lavan las lavanderas a veinticinco pesos la docena, con la diferencia de que a nosotros no nos darán agua, ni jabón ni cloro. Eso lo pondríamos nosotros. Yo hacía cálculos: que nos vengan diez o quince docenas diario, son como trescientos y pico diarios; que nos gastemos unos cien en materiales, nos quedan doscientos; gastamos ciento cincuenta en comida y guardamos cincuenta. El planchado lo mismo, a cuatro pesos la pieza.

¿Y cómo ha sido la demanda?

Nunca me imaginé que iba a ser tan grande. La demanda es enorme. Pensaba: ¿cómo no se me vino esta idea cuando tenía más posibilidades? Hubiera comprado más máquinas. Porque a veces vienen los clientes que quieren su ropa bien rápido. Es un buen negocio, con él nos mantenemos once personas. Mis hijas planchan, los chavalos ayudan a recoger el agua, tienden la ropa, la secan. Mi marido es el encargado de lavar. Yo empaco y reviso la calidad del trabajo. Lo que no me parece, lo devuelvo para que vuelvan a lavar o a planchar. Yo decidí empacar en bolsas transparentes para que la gente que pasa por la pista viera la ropa bien limpia y dobladita. Las bolsas llevan sus facturas pegadas. Ahora pienso en recoger y llevar la ropa a los clientes. Servicio a domicilio. También, tener sucursales.

¿A qué teléfono les pueden llamar?

Sí, nos pueden llamar al 84946383 y al 88276028

Volvamos a hablar de los milagros de Dios en su nieto
Una tarde, Angelito estaba conectado a unas máquinas en cuidados intensivos. Cuando mi hija Mayling llegó, una doctora le dijo: “El niño tiene demasiado tiempo en la máquina y no presenta avance alguno. Está como muerto. El hospital necesita la máquina para otros bebecitos. Esta noche lo vamos a desconectar”. Mi hija sólo le dijo: “Está bien doctora, pero por favor apáguele el ventilador (respirador) de poquito en poquito para que el niño no sufra por el ahogo”. Ese fue el día que me acerqué al pastor que llegaba a “La Mascota”. Mi hija lloraba y yo lloraba por ella y por el niño. Lloraba doble. Al día siguiente, a las nueve de la mañana, la misma doctora le dijo: “Sos madre de todo un hombre, apagamos el ventilador y el niño está respirando”.

¿Y qué pasó con el niño?

Desde noviembre hasta febrero pasó en el hospital. El catorce de febrero los médicos le dijeron a mi hija que podía llevar al niño a la casa. Todos estábamos muy contentos. El día quince nos bautizamos en Cristo y hasta llevamos al niño. El día veinte Angelito tuvo un infarto. Lo logramos llevar vivo al hospital. Lo operaron del colon porque además, tenía un choque séptico. Salió vivo de la operación, pero después le dio otro infarto. Ya no pudimos hacer nada.

¿Se tambaleó su fe en ese momento?

El diablo me tentó varias veces. Pero yo me había dicho: “Aunque se llegara a morir Angelito, jamás volveré a la vida que tuve”. Hay personas que tienen que ir a la cárcel o a un hospital para reconocer a Cristo. Conmigo el Señor fue especial, me envió un angelito. Eso no ocurre muy a menudo. Angelito nos trajo la salvación, por cada uno de sus sufrimientos, nosotros nos despojábamos de un vicio. No podemos volver atrás, después de lo que le costó a Angelito llevarnos hasta donde estamos.




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