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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Jueves 23 de Julio de 2009 - Edición 10395
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Me queda la palabra

LA MASACRE


Hoy, hace cincuenta años, debió comenzar el futuro. Al menos yo pensé que había comenzado teniendo como antecedentes los caídos de El Chaparral y el triunfo, tan reciente en 1959, de la Revolución Cubana. Por eso a todos cuantos en Nicaragua exigíamos libertad, lo cual equivalía a poner fin a la estirpe sangrienta de los Somoza, la masacre estudiantil perpetuada por la Guardia Nacional de la dictadura la tarde del 23 de julio de 1959 en León, puso otra vez sobre el tapete la terrible disyuntiva entre lucha cívica y lucha armada. Aquel año el país estaba bajo el estado de sitio a raíz del fracaso de la invasión de Olama y Los Mollejones, sin embargo “el ambiente de aquellos días era de exaltación” dice Fernando Gordillo en su testimonio “La tarde del 23”: “¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!, había sido una experiencia embriagadora. Recuerdo que caminábamos volviéndonos a ver, como si en cierto modo quisiéramos convencernos de la realidad que estábamos viviendo. La gran figura de Manolo Morales se destacaba en mitad de la calle entre Solís Piura y Francisco Buitrago; desde las aceras la gente nos miraba complacida y muchos gritaban con nosotros: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!”
Después de las masacres de El Chaparral y la estudiantil en León, ya nada volvió a ser igual en Nicaragua. La masacre estudiantil se convirtió, por sus características de guardias armados hasta los dientes, disparando a mansalva a estudiantes, civiles indefensos, en “La Masacre” por excelencia. Más de sesenta heridos, y muertos Sergio Saldaña, José Rubí, Mauricio Martínez y Erick Ramírez. Para que esa sangre, como tanta otra derramada por patriotas a lo largo de nuestra historia, fuera fuente de futuro; de una nueva vida, hubiese sido necesario que no fuese traicionada en la actualidad. Digo, que esa sangre, como la de antes, como la de Sandino, Carlos Fonseca y Pedro Joaquín, de los también masacrados el 22 de enero de 1967 y de todos los héroes y mártires, antes, en y después de la Revolución Popular Sandinista, ya es hora que sea respetada y que por lo tanto sea la base de una nueva Nicaragua. Precisamente por eso fue que Carlos Fonseca Amador, teniendo como brazo derecho al inolvidable e invaluable Germán Gaitán, fundó por aquellos tiempos el Movimiento Nueva Nicaragua, al que muchos pertenecimos para que este presente no fuera el pasado que es, sino el futuro democrático que todavía añoramos junto con aquellos jóvenes que gritaban pidiendo ¡Libertad! por las calles de León .

“La gran figura de Manolo Morales” siempre se destacó y se destacará en mitad de las calles, como nos lo describe Fernando Gordillo, aquella tarde del 23 de julio en León. Al hacer el homenaje que hoy les hace el Centro Nicaragüense de Escritores a los caídos en 1959, nada más justo que el haber incluido a Fernando, quien al decir de Sergio Ramírez quedó para la historia “joven, lúcido, ardoroso, decidido e inclaudicable”, junto con Manolo Morales, igualmente lúcido e inclaudicable, y conspirador de tiempo completo toda su vida, básicamente decidido a participar en cualquier acción contra la dinastía somocista, incluso por encima de sus inclinaciones ideológicas socialcristianas. Durante una de las últimas manifestaciones antisomocistas en las que participamos en Managua, recuerdo a Manolo no en mitad de la calle, sino tranquilamente fingiendo resguardarse en un poste de luz como un inocente transeúnte sorprendido por lo que estaba sucediendo, mientras el resto de los manifestantes, entre ellos Tito Castillo y yo, corríamos perseguidos muy de cerca por una Guardia Nacional extraterrestre, estrenando cascos, máscaras antigases y unos enormes escudos. Así como Manolo se camufló en su obesidad en aquella ocasión, entre 1960 y 1963 Fernando Gordillo camufló su militancia revolucionaria como “buzón de intercambio de mensajes” y tesorero de movimientos armados, con la enfermedad que terminaría con su vida en 1967.

“Con el paso de los años –dice Fernando Gordillo- la importancia histórica de lo acontecido el 23 de julio de 1959, en las calles de León, se hace más evidente: no porque lo sucedido aquella tarde sea de carácter decisivo en nuestra historia, sino porque a mi juicio, la acción de la Guardia Nacional sobre la manifestación de estudiantes marca la culminación de un proceso, que señala la aparición de las nuevas fuerzas revolucionarias en nuestro país.” Por eso yo señalaba que hace cincuenta años debió de comenzar el futuro que se nos niega en el presente, ya que aún cuando dio inicio a la aparición de nuevas fuerzas revolucionarias, incluido el Movimiento Nueva Nicaragua como antecedente del FSLN, hoy somos víctimas de una involución que en lo personal me traslada a cuando en 1962 escribí mi poema “Treinta veces treinta”, del que termino leyéndoles estos fragmentos: “Pero ahí estaban todos:/ Sergio, José, Mauricio y Erick/ muertos el 23 de julio/ en una calle de León./ Báez Bone, Pablo Leal, Díaz y Sotelo,/ Rigoberto López,/ Carlos Nájar, Cornelio Silva,/ Augusto César Sandino,/ y más, y los ignorados,/ y muchos más,/ y los que van a morir/ y Julio Romero de trece años/ quien protestó en otro 23 de julio;/ y así todos fuimos comprendiendo que en Nicaragua/ ésta es la muerte natural.”

De nosotros depende que ya no.


luisrochaurtecho@yahoo.com




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