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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 15 de Agosto de 2009 - Edición 10418
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El habla del ganadero chontaleño en una fiesta patronal


Durante la fiesta patronal, el pueblo se abarrota de trucheros o “fiesteros” de profesión, vendedores ambulantes que viven de fiesta en fiesta recorriendo el país.

“Esos fiesteros --nos dice el doctor Enrique Peña Hernández en su Folklore de Nicaragua-- se establecen en chinamos, pequeñas casas de madera, portátiles, en donde se ubican diversidad de juegos: la rueda fortuna, el chinchín, la sirena, las argollas, el tiro al blanco, ruletas, mesas de dados, naipes, toro-rabón y otros juegos de azar. Otros se dedican al negocio de cantinas y restaurante; y otros abren centros de adivinación, “magia” y otras charlatanerías y supercherías”.

Los campistos escogen sus mejores caballos para montar, pero la atracción popular se centra en la barrera, enclavada en media plaza, y los toros de lidia. Allí está el pueblo a horcajadas en las cañas o en las reglas admirando y aplaudiendo a gritos a jinetes y toreros, que en cada suerte aventuran sus vidas para divertir a los demás.

Y para empezar, el primer jineteador grita a los campistos: “¡Ey, échenme El Hospital”. Se dirigen al coso, el sitio para los toros, mientras los espectadores comentan: “¡Ve, ese toro es afamado porque es arrecho al lomo y al cacho; el año pasado nadie le pudo parar y mató a tres en Acoyapa!”.

El toro, lidiando entre cuerdas, embiste con furia a sus captores que lo conducen al bramadero, y los gritos se cargan de asombro: “¡Hombré, ese toro si es perro!”. Y otro: “¡Ese toro es El Hospital, jodido, al que lo monte se lo lleva el diablo!”. Pero el jinete no se arredra y, al tiempo que lo empretalan y enfalsan, ordena con decisión: “¡Las espuelas!”. Listo el toro, monta en él mientras un grupo, dirigiéndose al conjunto musical, grita desaforado: “¡Música, chicheros!”. Y se oye con garbo la voz decidida: “¡Jáleme el falso!”. La bestia salta con furor salvaje mientras el público, atónito, sigue con precisión sus mortales corcovos: “¡Ese toro sí es perro para corcoviar al matiado!”. Y al jinete un elogio: “¡Ey indio, jodido, la va pellejiando!”. O algo más enfático: “¡Ah, que indio, se lo va llevando puta con ese diablo!”. Hasta que aparece la primera señal de vencimiento: “¡Aquí está tu padre, pendejo!”. Los vaticinios, entonces, se oyen por doquier: “¡Es perro a la pierna ese caribe, le va a venir parando!”. El jineteador ha concluido su trabajo. Asido de las cañas, desciende victorioso del enfurecido animal que arremete contra los toreros, ante un público espectador que exige más arrojo: “¡Metetele, pendejo, no seás la riata!”. El astado embiste y en uno de los lances da con un infortunado sortedador. Los gritos entonces, matizados de terror, atraviesan la plaza sangrienta: “¡Lo jodió el toro!... ¡Lo jodió el toro!”. Todos se enteran de la desventura y murmuran compadecidos: “¡Está bien jodido ese hombre!”. Un torero ordena entre voces multitudinarias: “¡Busquen al presidente de la fiesta para llevar a este hombre que está bien golpeado!”. El toro, abandonado a su suerte, salta la barrera y huye por las calles. Los campistos, sorprendidos, advierten: “¡El toooooooro, el toooooooro, el toooooooro!”, mientras lo siguen con el lazo; y la gente, por su parte, grita desesperada al tiempo que busca refugio en las casas: “¡Santo Dios, ay viene el toro, el toro, el toro!”. Entre tanto, las chinameras -especie de vendedoras que se establecen en chinamos o enramadas alrededor de la barrera- vociferan con un garrote en la mano como defensa: ¡No salgan, no salgan, no sean animales, que un toro se salió de la barrera!”. Un grupo de montados persigue al animal cerril entre una vocinglería confusa que se apaga en la distancia: “¡Salile al otro lado!”. Y otro: “¡Pechalo, cuerialo, que no agarre para el tacotal!”. Y otro: “¡Ahora, ahora, tirale, tirale, no reboliés tanto!”. Y mientras los campistos siguen lidiando con el toro juidor, allá en la plaza y con la cara al sol, todo está consumado para el desventurado sorteador. La muchedumbre volcada sobre el escenario circunda al moribundo y, cuando expira entre curiosos, la compasión se hace ostensible: “¡Pobre el hombre, tan güevón que era!”.

Ese es el escenario que uno vive, goza y sufre en las fiestas patronales de mi rica región ganadera, con sus bailes en rueda durante las dianas al son de los chicheros; las corridas de toros en la barrera de cañas de bambú o de tablas con su bramadero; el coso y los toros; los bochinches de los bolos, los caballos campistos y los caballitos mecánicos; las carreras de cinta y las carreras de caballos; las carrozas y el cartel; las corridas y las corneadas; la botella de chicha de coyol, el trago de morir soñando y la infaltable cususa; los chocoyitos, los chinitos y los dados cargados; los desfiles de candidatas, los hípicos y los que en fila van a la cholpa por una bolseada o una carta oculta en la manga de la camisa; los chanchos lucios y los chinamos; los juegos mecánicos y los pirotécnicos; la misa solemne, los milagros y los promesantes; el pato descabezado, el palo lucio y el perro encohetado. En fin, el guaro, el grito y la goma; la alegría en el palco y la pena en una mesa de dados; la vida en la alborada de un nuevo día y la muerte en la noche de la plaza sangrienta.


rmatuslazo@cablenet.com.ni




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