ago 15, 2009
Servicio jurado
Arquímedes Hernández*
Fue un deleite para mí conocer las tierras del nuevo mundo. Nunca imaginé tan bellos escenarios, con tan inmensos volcanes, lagos de tan grandes dimensiones y ríos tan magnánimos que aplacaban la sed de sus habitantes. Viene a mi mente la visión de fabulosas plantas coloridas que embellecían aún más lo que ya era bello, pienso en el soberbio y majestuoso azul de sus lagos… el verdor de aquella vegetación opacaba hasta la más espléndida construcción de España. Los pobladores que habitaban estos lugares eran hombres de buen corazón, pacíficos y amigos de la naturaleza, y se hallaban por doquier en pequeños asentamientos.
Todo era bello y tranquilo en estos lugares hasta que nuestras embarcaciones y sus tripulantes desembarcamos en estas soñadas tierras, lamentablemente algunos coterráneos de las provincias de Barcelona con su sed de oro y avaricia acompañados de otros españoles se ensañaron contra la paz de estos indígenas, y les exigieron oro a cambio de mantenerles con vida.
Fue realmente triste ver cómo los que fueron mis amigos y compañeros de barco reaccionan ahora como animales carentes de razón y sentido, yo Fray Juan doy testimonio de esto, de que aquel comportamiento de mis camaradas no los dejó diferenciar entre la vida de un ser humano y la avaricia que los acosaba, por esto en mi labor de defensor de los oprimidos he emprendido una lucha contra los que antes fueron mis amigos, no me importa que me critiquen, me persigan o me castiguen, yo no puedo olvidar el servicio que juré cumplir ante la corona española, pero yo le respondo a esos que me cuestionan que lo jurado ante la corona y los reyes fue que yo evangelizaría y ayudaría a los más necesitados, por esto hoy yo defiendo a los indígenas.
Es injustificable ver cómo la avaricia y la sed de oro llevaron a que mis compañeros cometieran el sacrilegio de extraer de su propia choza a la familia más importante del pueblo de Subtiava… y los arrastraron por las calles principales hasta la plaza central.
Recuerdo que camino a la plaza todos los indígenas salieron de sus chozas para suplicar, dejaron sin terminar sus quehaceres para pedir clemencia a los verdugos, al que asesinarían era el jefe principal, un cacique llamado Agateyte, a su esposa y sus dos hijos, los herederos de aquellas tierras. Fue terrible y cruel ver a los ancianos, a las mujeres, los niños y los hombres dando alaridos de dolor, para invocar en el nombre de sus dioses y del dios de estos hombres, un poco de piedad con la familia del cacique.
Yo me sentí impotente, no podía hacer nada, yo estaba preso frente a la plaza central, custodiado por dos perros, desde el lugar de mi encarcelamiento pude observar aquel acto cruel en el cual primero tomaron a la mujer y a los hijos del jefe para ahorcarles en un árbol que ellos llaman tamarindo. El rostro del jefe era el de un hombre fuerte y resignado a su muerte, desde que inició la tortura y hasta sus últimos momentos no dejó de mostrar su rostro inquebrantable, y así recuerdo que murió con orgullo sin dejar derramar una sola lágrima.
Tal asesinato despertó la ira de los habitantes de aquella provincia. Esa misma noche los indígenas entraron a las barracas de mis coterráneos, haciéndose valer de palos, hachas y lanzas los llevaron a la plaza central, allí estaban los demás indígenas reunidos y alumbrados por el resplandor de la luna llena y una fogata que ardía como el mismo infierno. Con amor, dolor y respeto bajaron los cuerpos de Agateyte, su mujer y sus hijos para dar espacio a los ochenta hombres a los que ahorcaron uno a uno y luego actuando también los indígenas de una manera inhumana daban los cuerpos de mis compatriotas a los perros para que éstos los comieran, logrando así la venganza de las tantas muertes que habían ocasionado mis compatriotas españoles, que habían casi extinguido a los pobladores de estas extraordinarias tierras. Donde ayer hubo flores y hierva ahora sólo se podía observar muerte. Los cuerpos putrefactos eran la prueba de que ya ninguno de mis compañeros podría oprimir más a este pueblo. Ahora he quedando sólo yo, Fray Juan, el único español vivo en aquella provincia y he quedado para cumplir con mi labor de evangelización y convertir a todos estos hombres al amor de Cristo.
* Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Centroamericana y ganador del Primer Lugar del Concurso de Narrativa Corta 2009 en esa universidad.
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