ago 15, 2009
El paraíso
en la otra esquina Freda Mosquera
“El paraíso en la otra esquina”, la más reciente novela de Mario Vargas Llosa, es una de esas raras joyas literarias. En ella, Vargas Llosa narra la vida de dos soñadores utópicos que buscaron la libertad absoluta: Flora Tristán, en la justicia social; y su nieto Paul Gaugin en el placer estético, el goce absoluto, el arte y la belleza como bien universal. Dos universos unidos por un hilo de sangre, ambos personajes absolutamente rebeldes, Flora Tristán, pionera del feminismo socialista, Paul Gaugin, uno de los grandes maestros de la pintura universal, fundador del sintetismo.
Precedida por los socialistas utópicos Fourier, Saint Simon y Owen, cuyas ideas florecieron en la Francia de comienzos del Siglo XIX, surge la figura de Flora Tristán. Tristán discrepa con algunas de sus ideas y postulados, pero coincide con ellos en la búsqueda de una sociedad igualitaria, en donde hombres y mujeres tengan derecho al trabajo, a la instrucción y al pan cotidiano y gratuito.
Liberada de un marido abusador, perseguida y en medio de penurias económicas, revoluciona el mundo de las ideas socialistas y publica varios libros controversiales: “Peregrinaciones de una paria”, “Paseos por Londres” y “La unión obrera”. Pero la labor de Flora Tristán no se limita a escribir, sino que inicia una especie de cruzada de redención de la mujer y el proletariado, a través de una gira de año y medio por Francia, que es relatada en la novela de Vargas Llosa y que sirve de estrategia literaria para que el personaje, que se acerca a una muerte temprana, a los 41 años de edad, recorra imaginariamente su vida, desde su infancia, su viaje al Perú, a la Arequipa de lujos y miseria, al Londres sede del capitalismo industrial y a la Francia de los talabarteros, obreros, artesanos, campesinos, talladores, curtidores.
Pero la Flora Tristán de Vargas Llosa, “Florita” como el la llama, a lo largo de esa conversación sostenida por el narrador con su personaje, en una segunda persona, a veces mordaz, siente repugnancia por el sexo, es irritable, esposa prófuga y madre negligente y vive con el metal frió de la bala que le disparara el marido, y que no pudieron extraerle, junto al corazón.
Aline Gaugin, la hija de Flora Tristán y madre de Paul Gaugin, es el lazo que une a estos dos genios de las ideas políticas y del arte. La muchacha que pasó la infancia en orfanatos, y fue secuestrada varias veces por su padre, le legó a Gaugin un amor por las culturas primitivas y lo llevó al Perú, donde transcurrieron los primeros siete años de la vida del pintor. “Pese a mis ojos azules y a mi apellido francés, soy un Inca, Señor, mi marca es mi nariz”, dice Gaugin.
Vargas Llosa nos devela el infierno del Gaugin que un día se preguntó dónde quedaba el paraíso. En busca de ese paraíso, “de un mundo puro y primitivo en cuya tierra de cielos sin inviernos, el arte no fuera un negocio más de los mercaderes de arte, sino un quehacer vital…”, Paul Gaugin rompe con el establecimiento artístico en Paris y parte en busca del paraíso a las islas de la Polinesia francesa. Se instala en Tahití, junto a los maoríes. La necesidad de ser aceptado por ellos, lo lleva hasta las Islas Marquesas, las más remotas en el Pacifico, en busca de una cultura no contaminada por la civilización europea y en donde fallece, victima de “la enfermedad impronunciable” en 1903.
En estos parajes que Vargas Llosa recorrió para escribir su novela “El paraíso en la otra esquina” y cuya travesía fue recogida en el libro “Fotografías del paraíso” de Morgana Vargas Llosa, Paul Gaugin pintó los cuadros que hoy en día siguen iluminándonos con su belleza, su misterio, sus colores vivos, la placidez del rostro de los indígenas. Vargas Llosa nos lleva hasta esa esquina, ese paraíso donde los tres sexos conviven en absoluta libertad sexual: los hombres, las mujeres, y los “taata vahine”, los “mahu”.
El Gaugin de Vargas Llosa sucumbe fascinado ante la ambigüedad de este tercer sexo: el hombre-mujer y lo materializa en sus pinturas como un homenaje a lo extinto. Tal vez sea esta parte de la narración, la más gratificante: cuando a través de la palabra de Vargas Llosa, que oficia de vidente, de visionario, de hechicero, los lectores asistimos al instante de la creación de obras maestras como “Manao tupapau” conocida como “El espíritu de la muerte mirando” o “¿De donde venimos, quienes somos, a donde vamos?”.
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