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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 29 de Agosto de 2009
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Nuevo Amanecer
ago 29, 2009

Placer ajeno


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“Adán y Eva”. Óleo de Ramiro Lacayo Deshon.

Apenas pudo levantarse resbalando suavemente por las sábanas y salir del cuarto discretamente. Susana quedó dormida, ausente de los primeros rayos de la mañana que empezaban a asomar.

Se terminó de vestir apuradamente mientras Susana hacía amagos de despertar dando vueltas en la cama como buscando más de lo que había sentido durante toda una noche de placer extremo. La sensación de placer todavía le quedaba produciéndole un cosquilleo incontrolable.

Él, agotado intentaba huir como un gato asustado, rápido y sin hacer ruido. La sábana se corrió del cuerpo de Susana y el pecho desnudo quedó descubierto, todavía conservaba la firmeza de sus mejores años y el esfuerzo por mantenerlo en forma delineaban la sensualidad de una madurez plena y excitante. Sus manos empezaron a apretar la almohada en una combinación de gemidos y frases sin sentido con la pesadez de un fresco amanecer con los que es difícil despertar.

Cerca de la cama todavía estaban la latas vacías de cervezas, cajas de comida rápida. Los movimientos de Susana se volvieron más agitados hasta quedar completamente desnuda. La monumental morena dejó descubierta toda la belleza de una mujer hecha pieza por pieza sin olvidar cada detalle. La almohada cayó lentamente, pesada, recorriendo una distancia casi interminable hasta el suelo, luego de escapar graciosamente de sus brazos.

El penetrante olor a alcohol y sudor todavía se sentía en el aire. Fue una increíble jornada de sexo y erotismo que no podía ser un hecho aislado y que además no podía dejar así por así para ir a trabajar.

Diez años de matrimonio acabaron en rutina, hasta que los dos lograron reencontrarse en un acercamiento alucinante que marcó el fin de varios meses de abstinencia casi total. Parecían dos extraños que recién se conocían y dieron rienda suelta a los más desbocados instintos. Llegaron al climax y luego de réplicas intensas cayeron extenuados.

Él se le acercó en silencio, casi excitado. Empezó a besarle suavemente el cuerpo como no queriendo despertarla, el cuello, la espalda, las orejas, restregándole un susurro que se iba haciendo intenso. La magia de la noche todavía estaba en el aire. La veía repitiendo todo lo que había comenzado al terminar la tarde y que terminó con el ensordecedor bullicio de la madrugada.

Susana seguía dormida. Se hacía tarde y no tendría tiempo para desayunar. Hizo el intento por detenerse y continuar con la rutina de todos los días, pero Susana parecía querer empezar de nuevo y sus movimientos parecían una nueva contorsión a lo largo de la cama pidiendo más, más, más.

Finalmente cedió, y siguió las líneas del cuerpo, recorriendo con su lengua cada centímetro de la piel de Susana que empezaba a sentirse más excitada. Los dos cuerpos desnudos nuevamente se trenzaron en la desesperación por satisfacer el instinto animal del deseo. Él estaba en el climax nuevamente y ella gemía y se retorcía de pasión. “Más, quiero más, más. Jacinto, quiero más”!
La pasión se volvió horror; espantado, Antonio dejó la cama casi con violencia, casi enloquecido mientras Susana terminaba de forma brutal con el placer. Todo terminó sin novedad; ella siguió dormida, satisfecha, tranquila. Él salió despavorido, se vistió y salió apresurado del cuarto y de la casa sin notar que el miembro todavía estaba erecto. El saludo habitual a doña Marina no fue el mismo; discretamente hizo como si no vio nada y se metió rápidamente a la casa.

¡Jacinto! Por Dios, qué locura es esta -repetía una y otra vez camino al trabajo-.

Fue un día de perros. La noche perfecta, el infierno impecable. Siempre se había caracterizado por ser un hombre discreto y un caballero, incapaz de un escándalo, pero ahora se le habían ocurrido miles de locuras, incluso contra su mujer. No podía pensar, no podía trabajar, no era nada. Lo peor es que era incapaz de hacer algo, ni siquiera intentar averiguar qué había pasado. Decidió contratar un detective para investigar a su mujer y el informe fue aterrador. ¡Nada!, no encontraron nada.

La vida no fue la misma. Esa noche no volvió a repetirse nunca. Dicen que Antonio vivió una vida de celibato estricto; ella siguió su vida normal. Ningún detective pudo determinar quién era Jacinto. Lo cierto es que ella extrañamente era una mujer feliz. Nadie supo, ni sabrá quizás, la razón. Ambos vivieron felices y juntos para siempre, uno al lado del otro, sin tomarse la mano, sin darse un beso en público, sin caricias desproporcionadas y comportándose él como un caballero y ella como una verdadera dama.



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