nov 21, 2009
Dos cuentos de MANUEL MARTÍNEZ
Los afganos amanecieron muertos
Amanecieron muertos los afganos, le dijo el cuidador: un hombre joven, ancho de hombros y mirada esquiva. El patrón pareció no inmutarse, pero un rictus en su rostro y el brillo opaco de los ojos revelaron el pesar por la muerte de los perros. ¿Y cómo fue? Preguntó. Parece que los envenenaron a la medianoche, contestó el vigilante. Gracias por avisarme, dijo. Y Ella, ¿sabe? Sí, los encontró muertos en el patio, la escuché gemir, oí los sollozos y llamé para saber qué le pasaba, pero dijo que nada, que estaba bien. Me pidió que los enterráramos en el fondo del jardín, y volvió adentro de la casa.
Era abril. Había amanecido más temprano y la luz límpida del alba lo despertó. Perdió el sueño y salió al porche, el vigilante se había acercado al portón metálico entreabierto y vio al patrón sentado en una silla mecedora.
El cuidador despidió y volvió a la rutina del rondín por la calle aledaña. Él se levantó y volvió a entrar. Una vasta desolación se cernió sobre él, como la noche anterior que regresó a habitar de nuevo la casa vacía.
Terminada su misión diplomática, había regresado al país con Ella y con los afganos. Una racha de suerte lo acompañaba. Adquirió la casa nueva en las afueras de la ciudad y una camioneta de trabajo. La jubilación inesperada la leyó en un memorando oficial donde le comunicaron su retiro del servicio. Pasada la faena y la fatiga del reacomodo, los días volvieron a la rutina de los tragos mañana, tarde y noche. Las discusiones en voz baja devinieron en agrias agresiones verbales, y el amor se acabó.
Ella demandó la separación. Mientras duró el proceso de divorcio no debía acercársele ni a doscientos metros de distancia, y ya no pudo mirar ni acariciar a los perros que eran su devoción de retirado. La juez sentenció el divorció y tomó la decisión salomónica de la separación de bienes: el inmueble, de su propiedad, le quedaría a él, y los bienes inmuebles a Ella. La noche del sábado que regresó a habitar la casa, sólo encontró el cajón de las paredes, el techo y las puertas, las verjas grises que separan el patio delantero y trasero de la calle y el portón del garaje. Adentro, no quedaba ni una silla y ningún utensilio, y mientras caminaba por el pasillo hacia el cuarto, un silencio espeso lo seguía a cada paso.
Fue a la cocina y se sirvió un trago de una botella de ron, que había puesto sobre la mesita de concreto del pantry, bebió a sorbos el trago y se quedó pensativo. Sintió todo el peso inexacto de los años de una vida azarosa y desordenada, quería un café caliente pero no tenía con qué hacerlo, y pensó en ir a comprarlo a la gasolinera y tomárselo allí sentado junto a personas desconocidas. Todo en la vida tenía solución si la buscaba.
Salió de nuevo al porche y se sentó a otear la copa de un almendro. Silbaban los pájaros. Entonces no sintió rencor sino pesar de Ella y de sí mismo, y de los perros que él amaba. Sonrió con una alegría extraña, porque supuso que Ella lo culparía de la muerte de los afganos a la medianoche. El placer de la soledadUn hombre viejo cuidaba una casa grande, esquinera y desocupada en el centro de la ciudad. La casa parecía en abandono y el viejo se movía allá, de rato en rato, del patio a la sala y regresaba al patio donde nadie lo notaba, y la casa parecía más desolada que nunca. Inhabitada, a pesar de la presencia sigilosa del viejo en la casa.
Una tarde, la casa se llenó de ruidos y susurros y respiros y voces. Adentro hablaban con la emoción contenida por un encuentro fortuito el viejo y una mujer tartamuda, desvalida y desgreñada. Parecían ser la pareja perfecta. Se vio salir humo del patio, cocinaban algo en un fogón, porque la casa estaba vacía de muebles y utensilios de cocina.
Pasaron varios días y el ambiente de fiesta se respiraba y transpiraba en la casa. Ahora afanaban ambos barriendo la sala, limpiando la cocina, sacando las hojas secas del patio y barriendo la acera. Se movían limpiando la casa por las mañanas y por la tarde. Por las noches, se sentaban en la acera a mirar pasar a los transeúntes y parecían felices.
Tarde o temprano regresarían los patrones del extranjero, pero el viejo podría seguir cuidando la casa y quizás ellos aceptarían que él se quedara con la mujer. Ella había pasado por esos azares de la vida, una tarde oscura en que caía a retazos una brisa fría y le pidió guarecerse debajo del porche de la casa. Era joven y de buen cuerpo, morena, quemada de tanto sol al deambular por las calles sin rumbo ni destino cierto, y pernoctaba a donde le agarrara la noche. Y aunque esa tarde, no fue una excepción para ella, se quedó con él y parecía que nunca más se iría de la casa.
Una tarde, se oyeron gritos y gemidos. El eco de los gritos se escucharon en la calle, pero nadie supo con exactitud qué se decían. La paz que los rodeaba se había roto, y despotricaban uno en contra del otro. Ella salió a la calle, y él le gritó: “Loca de mierda, andate pues, si querés irte”. Y ella, indignada, le contestó indignada, mientras salía y ya caminaba por la acera: “Viejo loco de mierda”. Minutos después adentro y afuera de la casa todo se sumió en un silencio denso. Estaba oscuro y, de repente, el viejo encendió las luces, se escuchó música de canciones rancheras de una radio, y la casa volvió vibrar con el ritmo y la armonía del hombre complacido con su soledad, y más que nunca pareció sentirse ese extraño placer atrabiliario del viejo en la casa desolada.
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