Norma y su “dulce milagro”
Arnulfo Urrutia
Empleo casi no hay, pero trabajo hay en p…
Hablar de Panadería y repostería Norma en Managua, es como hablar de la loma de Tiscapa. No hay quien no la haya oído mencionar.
La dueña de esta importante empresa, que genera 120 empleos y tiene nueve sucursales en los principales puntos de la ciudad, es la jinotepina Norma de los Ángeles González. Una mujer ejemplo de trabajo, intuición y perseverancia, cuya historia empresarial iremos conociendo línea tras línea.
Nuestra entrevistada se casó a los quince años y quedó viuda a los veinte de edad. Embarazada, sin recursos económicos, con un niño de dos años y medio, y totalmente desamparada tuvo que reinventarse la vida. Nada por casualidad Aprendió el oficio de costurera, sacó al crédito una máquina en la P del H (Proveedora del Hogar), una tienda muy famosa en aquellos años y se dedicó a la confección de ropa para ganarse el sustento de su familia. Aquella madre soltera apenas ganaba para comer. Y lo que a continuación les relato, confirma lo que siempre he creído: en la vida todo ocurre por alguna razón.
Un día de tantos, una amiga de Norma se matriculó en un curso de repostería al cual no pudo asistir por algún problema y cedió a ésta, la oportunidad de aprender algo nuevo. La modista tomó el curso de repostería. Aprendió a elaborar queques, pudines y tortas.
Cuando comenzó a elaborar sus productos, una señora le ofreció vendérselos por las calles de Jinotepe, idea que fue muy bien recibida por Norma, la que se fue a comprar una batea de madera, le puso un mantel y lo que sucedió la dejó admirada. Una hora después regresó la señora sin productos. ¡Todo se había vendido! Comprendió que la oportunidad abría sus puertas y había que aprovecharla.
Tan motivada estaba que terminaba de coser a las diez de la noche y de inmediato con una batidora de dos molinillos, elaboraba la repostería que saldría a venderse la mañana siguiente. Finalizaba su labor de panificadora a las dos o tres de la madrugada. “Cuando llegué a vender trescientos córdobas al día yo me sentía rica”, nos dice muy orgullosa. No le iba mal.
Su esfuerzo también se vio compensado en su negocio de la costura. Cinco años después, había logrado darse a conocer y su pequeño taller contaba con ocho máquinas de coser industriales.De costurera o panificadoraCorría el año 1978, Jinotepe era uno de los escenarios vivos de la lucha revolucionaria que se desarrollaba en el país. Norma decidió trasladarse a la ciudad de Managua, donde calculaba podía pasarla mejor. Se trasladó.
Era una total desconocida en una ciudad igualmente desconocida para ella. Sin embargo, como toda buena emprendedora, decidió abrir de inmediato su negocio de costura y ofrecer sus tortas y otros productos, de pulpería en pulpería. El local que alquiló para vivir al llegar a Managua, es el mismo donde en la actualidad se encuentra la sucursal de repostería Norma en Linda Vista, en el occidente de la ciudad.
Norma recuerda que cuando puso una vitrina de madera en la puerta de su casa, con sus productos, de inmediato se formaron filas de personas para comprarle. La demanda fue creciendo y creciendo, hasta que el espacio de la casa no daba para tener vivienda, más taller de costura y repostería.
Y sucedió lo que tenía que suceder, un día de tantos, la empresaria hizo números y también un análisis de las perspectivas de desarrollo de sus dos negocios. Sus riesgos y sus oportunidades. Sus fortalezas y sus debilidades.
“La costura sólo daba para pagar las máquinas”, concluyó nuestra entrevistada y tomó la decisión que todos ahora conocemos: se quedó con el negocio de la repostería. Acto seguido vendió las máquinas de coser y compró su primer horno.
Todas las mañanas salía a repartir su repostería primero en taxi y después en una camionetita que compró en tres mil córdobas. “No tenía clutch y tenía que jalar un mecate para meter los cambios. Así aprendí a manejar”, nos confiesa. Además de distribuir sus productos en aquel vehículo destartalado, también llevaba los insumos para su taller, cargando ella misma los sacos de harina y tarros de levadura.
Aquel taller daba trabajo a cinco personas y hasta los hijos de Norma, niños en edades entre los 9 y 12 años, se levantaban a las cuatro de la mañana a elaborar galletas y después se iban al colegio. Pero el esfuerzo estaba dando sus frutos, en la puerta del local ya se leía el nombre que marcaría una época en la industria alimenticia nacional: Panadería y repostería Norma.Otra difícil decisiónVarios años después del triunfo de la revolución sandinista, Norma al igual que muchas madres, envió a sus dos hijos al exterior a fin de evitar que prestaran el servicio militar. El taller de repostería se desarrollaba muy bien, tenía 16 trabajadores, pero llegó un momento en que vio la necesidad de cuidar del desarrollo de sus hijos y la consolidación de su familia. Norma se había vuelto a casar.
La situación anterior es muy típica de las empresarias. Deben ser madres y gerentes; tareas que muchas veces se contraponen. Norma dejó la empresa en manos de una persona de su confianza y se marchó a los Estados Unidos de Norteamérica.
Como han de suponer quienes leen este relato, la empresaria de inmediato comenzó a elaborar y vender pasteles en su nueva casa, hasta que no pudo pasar desapercibida y tuvo que abrir un local en un centro comercial.
“Trabajaba 20 horas al día, era una vida muy dura”, nos dice como sobándose un cansancio guardado en lo más íntimo de su ser. Además de trabajar, también se matriculó en una escuela de panadería donde obtuvo conocimientos muy valiosos.
Mientras ella cuidaba su familia y se abría campo en el Estado de Florida, en la ciudad de Managua, el negocio floreciente que ella dejó, se convirtió en un cadáver empresarial. Una mueca burlona de aquel esfuerzo que tanto le había costado. La persona de confianza le falló. Pero aquello no la desanimó. Norma siguió trabajando y viviendo con muchas restricciones en aquel país, para acumular el dinero que un día le serviría para volver a comenzar en su país natal, cosa que sucedió en 1991.Volver a empezarLos hijos crecieron, las condiciones de Nicaragua cambiaron y Norma tomó la decisión de volver a empezar su vida en su patria. Tomó sus ahorros y compró todo el equipo necesario para volver a instalar su taller. Reabrió muy entusiasmada su panadería, no dudaba que por lo menos vendería unos quinientos córdobas diarios.
Pero no fue así. El primer día vendió seiscientos, después setecientos y… mejor lo dejamos hasta ahí. ¿Para qué escribir lo que ya todos sabemos? Llegó a ser la repostería más grande de Managua.
En la actualidad, Norma se ha especializado en la elaboración de flores y figuras que son una especie de filigrana de la repostería. Curso tras curso en los Estados Unidos, la han llevado a tales niveles de sofisticación, que más que un trabajo, es para ella una especie de sano entretenimiento. Una especie de terapia relajante.
Su próximo proyecto es montar una academia de repostería donde transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones. Inclusive para niños. Será una academia de arte, más que de repostería, por el refinamiento que cada pieza demanda para su elaboración.
Norma, ¿cuál es el principal obstáculo a superar en la construcción de una empresa?
Organizar un buen equipo de trabajo. El trabajador es bastante indisciplinado.
¿Cuánto tiempo requiere una persona para decir que sabe de repostería?
(Suspira) Uhmm, nunca se termina de aprender
En algún momento me dijo que está bastante cansada de trabajar. ¿Estaría dispuesta a vender esta empresa?
Si. Lo haría.
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