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nov 28, 2009

Vitalidad y permanencia de El Güegüence

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Es evidente, como ya lo ha apuntado el Dr. Jorge Eduardo Arellano en su Literatura Nicaragüense (1997), que la producción literaria “culta” de Nicaragua durante la colonia, expresaba de manera directa el orden socio-político dominante. Desde ese ámbito, la finalidad de esta literatura era religiosa: “para emplearse como ameno método de cristianización”. De acuerdo con esta versión, la “literatura popular” también fue impulsada por los españoles y tuvo “su expresión mestiza más característica” en los cuentos de tradición oral y mitos fantasmagóricos sobre “espantos y aparecidos”, de clara procedencia indígena pero con una fuerte carga ideológica colonial y con un sustrato punitivo-religioso tendiente a reforzar una moral de dominación.

Estas leyendas populares, conocidas como “cuentos de camino”, aunque han sido objeto de estudios antropológicos y sociológicos, así como de representaciones literarias o versiones literaturizadas de su estructura discursiva, también han sido permanentemente excluidas o, en su caso, poco reconocidas en el registro crítico o historiográfico nicaragüense. Esa característica de la producción literaria autóctona durante el período de dominación española en Nicaragua, tiene explicaciones cuya validez se extiende a casi toda la literatura hispanoamericana. Una de ellas fue la severidad y la censura inquisitorias sobre todo aquello que pudiera desviarse de la estricta ortodoxia doctrinal. Los letrados locales por lo general eran clérigos, misioneros o bien hijos de encomenderos y principales cuya educación había corrido a cargo de la Iglesia.

En su Historia de la literatura hispanoamericana (1999), Jean Franco apunta que entonces el Nuevo Mundo no podía importar ni publicar novelas, ya que los indios debían ser preservados de una literatura de ficción que pudiera hacerles concebir dudas acerca de las verdades religiosas. En tanto, el género del teatro era el más popular en la España del siglo XVII, y su expresión en América se vertía en temas principalmente religiosos. De ahí que el “mayor fruto” de la llamada “literatura popular” durante la colonia, y quizás el único producto literario “verdaderamente autóctono” de este período en Nicaragua fue, según los registros historiográficos, la comedia bailete El Güegüence, cuyos elementos de tradición prehispánica son fácilmente reconocibles.

El Güegüence es una de las pocas obras coloniales nicaragüenses que aborda temas profanos e irreverentes, de protesta irónica contra la dominación colonial. De ahí que sea considerada hoy una de las más interesantes piezas teatrales producidas en el continente. Ubicada en el siglo XVII, de autor anónimo o no definido, probablemente enriquecida por diversos agentes culturales a través del tiempo, El Güegüence se transmitía y se representaba originalmente a través de la oralidad. Fue hasta 1893 que, apoyado en manuscritos construidos por letrados locales, Daniel G. Brinton la publicó como texto literario por primera vez. Su posterior proceso de canonización tendría su punto culminante casi a mediados del siglo XX, gracias a la intervención del grupo Vanguardia (principalmente el poeta y ensayista Pablo Antonio Cuadra) y sus continuadores reagrupados entonces en la llamada Cofradía de Escritores Católicos del Taller San Lucas.

Es importante apuntar que, aunque el español arcaico y popular hablado en la época haya sido el idioma sustancial de su versión escrita, contiene también elementos de un náhuatl regional distinto al náhuatl clásico de México. Estas dos expresiones que lo contienen nos permiten reconocer algunos elementos característicos de ambas vertientes, que a la larga explican la influencia del sustrato lingüístico/ideológico prehispánico en su funcionamiento, vinculante y contradictorio con la formación dominante española en el lenguaje impuesto por la colonia en la región.

Esto nos lleva a considerar que El Güegüence, en tanto obra “más representativa” de la producción literaria de la época colonial en Nicaragua, debido al cuadro institucional en que se produjo, así como a las relaciones de fuerza que intenta representar, a las formas ideológicas que forcejean en su discurso y al aparato ideológico (la colonia) en el cual se produjo como fenómeno literario, presenta raigambres discursivas diversas y hasta antagónicas. Sin embargo, las condiciones socio-políticas y culturales en que se produjo como texto literario, no deben tomarse como simple contexto, sino como partes constituyentes de su propio discurso.

Además de su compleja interdiscursividad ideológica, El Güegüence refleja también una mezcla de lenguas. Si bien se conoce y analiza ahora en su versión escrita, puede también ser considerada una transcripción del habla, con todos los giros y características de la oralidad popular de la época, pero inevitablemente alterada por las subjetividades inherentes a toda traducción. Por eso, como bien señala Erick Blandón en su Barroco descalzo (2003), debe considerarse que El Güegüence provenía de la tradición oral anterior a la “aparición imperial” de la letra en Mesoamérica, pero que al ser atrapado en la escritura se le impregnaron las marcas del pensamiento europeo, para después, en la segunda mitad del siglo XX, pasar a convertirse, gracias a la intervención de los vanguardistas, en “símbolo de la imposición cultural que acompañó al colonialismo interno en Nicaragua”.

Blandón considera probable que el traspaso de El Güegüence de la oralidad a la escritura, entendida ésta “como herramienta al servicio de la comunidad que la crea o la adapta”, obedeció a un gesto político de los criollos en su enfrentamiento contra la colonia. No obstante, “en el contexto colonial fue recargado con un discurso empobrecedor de indios y mestizos y enaltecedor de la superioridad europea, para lo cual se echó mano de prejuicios de género, raza y sexualidad”. De igual manera, Jean Franco señala que la cultura escrita fue, para la América colonizada, algo que impusieron los conquistadores y que finalmente se convirtió en el distintivo de una élite letrada, en algo opuesto a la cultura oral de los siervos y los esclavos.

Sin embargo, la supervivencia de las lenguas indígenas en el sustrato del idioma impuesto por el colonizador permitió a su vez la supervivencia de costumbres, relatos populares, canciones y representaciones callejeras, algunas de ellas “rescatadas” luego por la literatura; lo cual no impide pensar que, dado que ese idioma impuesto permanece actualmente vivo y parece tender más bien a enriquecerse y prolongar su vitalidad durante mucho tiempo, la permanencia viva de El Güegüence como texto literario fundacional está suficientemente garantizada.



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