nov 28, 2009
De pasión, muerte y tránsitos
(En “Veinte mujeres abandonadas, catorce hombres, un perro y un chocoyo”, de Rafael Vargarruiz) Carlos Calero
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| Rafael Vargarruiz. |
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Este libro fue premiado por el Centro Nicaragüense de Escritores en la convocatoria de Literatura 2007. De este texto se han hecho varias aproximaciones, fundamentalmente por escritores nicaragüenses; y hasta ha movido a poner en escena una obra de teatro. El escritor y cineasta nicaragüense nos presenta en Costa Rica este libro que según Henry Petrie consiste en “un catálogo de variables del amor, el dolor y las despedidas” a las que inexorablemente concurren los personajes. Y también agrega Petrie que el autor hace uso de un caprichoso recurso en que los desenlaces no son felices; además, un recurrente avión siniestrado, con el que se llega a conformar una necrología de historias con amantes y fallidos destinos, de alguna manera, convocados por la fatalidad de la vida.
En este texto se alternan la prosa y la poesía, con treinta historias caldeadas en el fervor y la intensidad de los boleros, baladas y el tango. También añade Petrie que el texto es narrado por un “autor-personaje caprichoso, mentiroso y obstinado en el amor y el romance”, y que la muerte llega de manera “repentina y desafiante”. Por otra parte, agrega que el tiempo se mueve en dos dimensiones: uno abarca toda la obra, un tiempo psicológico que afecta la mente torturada del susodicho y lo existencial; y el otro que se mueve y transcurre en los pequeños espacios en que concurren el susodicho y los diversos personajes, al ritmo semántico de las canciones.
También el nicaragüense David Ocón se refiere a este libro en los siguientes términos: “Aquí no cabe la división de géneros ni de preferencias sexuales, tanto lo playo como lo hetero, lo macho o lo maricón, tienen sus buenas angustias y desgarrones (…)” Pienso que este libro se inserta en lo que podría denominarse una narrativa o poesía de género, con apoyo en la literatura urbana, y lo tormentoso de una sociedad que excluye, censura, limita, margina, y no valida la opción sexual que a fin de cuentas es la afirmación esencial de cualquier persona.
Desde el proscenio, el narrador (denominado como el susodicho) nos ubica en un espacio de bohemia, concurrencia del destino, pasar del tiempo a la soledad, las cabangas del deseo, el estar mascando nuestros recuerdos, o el espacio amargo de la cantina Zandor´s Drinke vista con el implacable ojo de un reloj que marca 7:35 de la noche. Y desde el primer relato da la señal para entender que el susodicho es quien está escribiendo un libro que llamará “Veinte mujeres abandonadas, catorce hombres, un perro y un chocoyo”, y que lo hecho por él es simplemente lo realizado por los juglares de antaño quienes cantaban la épica cotidiana y, por supuesto, historias de amor del momento; y hasta nos hace una breve reseña de la biografía del bolero que también tiene su relación con el cine, la poesía y la música de todos los tiempos que adoptan formas como el bolero ranchero, la balada y hasta el tango. Y con estilo argumentativo el narrador (el susodicho) explica los avatares de la música y el cine, y que este libro no es más que la expresión del mundo del melodrama, la tragedia y la cursilería del amor y el desamor que se concentran en el placer, el dolor, la vida y la muerte entrelazados, de manera recurrente, al final de cada relato.
El punto de partida se activa con una moneda en una rockonola para fijar las canciones, de manera aleatoria, que servirán de marco para la historia narrada; la cual se maneja en una simbiosis o mixtura de poesía y prosa. El solo hecho de evocar los boleros (La diferencia, A mi manera, Paloma negra, Cuatro caminos, para empezar con el bolero ranchero, le dan a este texto una dimensión que alude tiempos musicales idos, la avalancha de una modernidad silenciadora, omisiva, culposa, fofa, taimada y suspicaz ante los valores que se tergiversan, como también es incapaz de rescatar la vitalidad lírica y humana de estos textos sonoros, sobre todo para las nuevas generaciones. Uno de los aportes de este libro es que alumbra el camino para dilucidar cómo los medios informativos y sus métodos de efecto aguja atropellan la conformación de una conciencia individual y colectiva; y la noción para el disfrute del tiempo que entra en crisis y nos aproxima al caos y la indiferencia, con el consecuente aborto de la pasión que, muchas veces, nos lleva a la muerte en treinta despedidas con sus respectivas treinta canciones populares de Hispanoamérica.
Y como en el teatro, se abre el telón y empieza la obra de la gran tragedia humana en que hombre y mujer son incapaces de amarse, uno al otro, sin importan sus elecciones sexuales, a lo largo de muchas ciudades que habitó el narrador. Hombre y mujer aparecen “clonados”, según el susodicho, por medio de los personajes Mario Encarnación y María Encarnación. Por algo Julia Kristeva, en su texto “Historias de amor”, escribe: “Amor choque, amor locura, amor inconmensurable, amor abrasamiento…”
El texto presenta un mundo frío, oxidado; en una sensación de vagones aéreos, caminos truncados, ciudades abortadas, almas que aprietan los dientes y se hunden en sus desesperos, en su catarsis existencial al encontrar la muerte como tabla de apoyo para entrever la oscuridad del corazón, el deseo y vida. Este mundo muestra una temperatura nostálgica, de equidistancias que imposibilitan el roce real de los cuerpos, la fusión del deseo y manía de la soledad. “… me quedará el silencio para conversar, la sombra de tu cuerpo y la soledad, serán mis compañeras… abrázame…y no me digan nada… solo…”, se dice en una parte de este libro.
Las ciudades como Quito, Managua, San Petersburgo, Santiago de Chile, Cartagena de Indias, Barcelona y otras muchas, parecen puentes de paso, en que el narrador va de una a la otra, guiado por su inexorable destino y el vicio de sentirse poseído por la muerte, y en que pululan pistoleros, rufianes, asesinos despiadados, y un avión con su carga simbólica de la espera para alzar vuelo y caerse sobre una vorágine de vacíos y viajes sin tocar puertos. El tiempo y el espacio se mueven en una geometría que asfixia la vida misma de los personajes que gastan sus vidas sin reloj ni calendarios.
El texto es tratado casi de manera coloquial, de confesión e intimidad; hay un lenguaje sin dobleces, directo, lo que nos permite caracterizar a los personajes y las escenas de manera precisa. Este lenguaje contribuye a graficar una textura discursiva que propicia la significación honda y precisa del desamor, el tormento psicológico del desvarío, la no magnificación de las afectaciones entre parejas, sin importar que sean del mismo sexo.
Todo discurre como en una película, los hechos van sucediendo ensamblados de tal manera que dan unidad a un conjunto de historias entrelazadas por el fracaso, la insatisfacción y el vacío psicológico que provoca la frustración amorosa. Los personajes son trazados con perfiles precisos, entre cafés, aeropuertos, ciudades, taxis, mientras vamos recreando por medio de intertextos usados adrede, las interpretaciones famosas del medio musical como Rocío Durcal, Chavela Vargas, José Alfredo Jiménez, Raphael, Toña la Negra, y otros y otras.
El libro nos deja una sensación de ceremonial de la anti-vida y muerte en un cementerio de destinos concurrentes; todo va deshilvanándose hasta un punto del mundo en que la pasión, la muerte y sus tránsitos nos jalan la atención para descifrar la tragedia cotidiana de muchos latinoamericanos, concretamente centroamericanos, quienes somos protagonistas de una realidad sesgada por la alienación, los mascarones, la hipocresía, los vicios públicos, la delincuencia organizada y callejera, la decadencia cultural, el alcohol, el tráfico de estupefacientes, la doble moral para resolver la vida azarosa, el viajar interminablemente por los territorios del mal con una risita ingenua y maliciosa que no pretende asumir, de ninguna manera, el mito local de los güegüenses, que tanto mal nos están provocando en nuestra agrimensura de idílicos lagos y volcanes; y, por añadidura, de poetas quizá insatisfechos, quizá armados con el virtuoso recurso de la palabra como lo hace en este libro Rafael Varga Ruiz. Por algo este autor cita a Joao Guimaraes Rosa, quizá preocupado por la sensación de un tiempo inasible que ha dejado intersticios irreparables en la vida individual y colectiva, con relojes extraviados y deseos, amores, ideologías, proyectos y épicas frustradas; pues, querámoslo o no, vitalizan o desgarran nuestro concepto hedónico y filosófico de la muerte.
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