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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Jueves 14 de Enero de 2010
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Misterios & Enigmas
ene 14, 2010

Lo que las arenas ocultan


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En el año 1914, tras un anuncio público de que ya no quedaba nada por descubrir en todo el Valle de los Reyes, Theodore Davis traspasó su autorización para excavar. Lo que sucedió después es bien conocido. Allí, donde ya no había nada, apareció el más sensacional hallazgo de la historia de la egiptología. La tumba de Tutankamón.

Hace algunos años un grupo de arqueólogos comunicó que ya no era probable que apareciera algo de importancia en Egipto. ¿Estamos acaso ante un error como el de Davis?
Lo cierto es que no todos los expertos opinan así: “Alrededor del 70 por ciento de los monumentos egipcios todavía yacen enterrados” -dijo Zahi Hawass-. “Nunca se sabe qué secretos se ocultan bajo la arena...”.

Estas son unas de las palabras preferidas del mejor, o al menos al más eficaz, de los arqueólogos egipcios. Hombre que no es solamente un burócrata (ha ocupado puestos importantes en el Consejo Egipcio de Antigüedades, Subsecretario de Estado para la conservación de Giza, etc.), sino, y sobre todo, arqueólogo de campo; de los que tragan arena y aguantan el sol en las excavaciones. Las mismas palabras las ha pronunciado en multitud de entrevistas, y nos las repitió personalmente en una breve charla con otro colega suyo, Alí Asan.

La lista de lo que podría descubrirse es amplia y va desde las momias de muchos faraones hasta algo realmente enigmático, la cabeza momificada de Osiris que, al parecer, se conservaba en Abidos; pasando por la tumba de Alejandro el grande, los papiros de Imhotep y el libro de Set, la biblioteca de Alejandría, las míticas ciudades de Hamunaptra y la verdadera Tanis (la ciudad del Arca), los túneles y cámaras de iniciación bajo Giza, etc.

También incluso se habla de posibles pruebas del enlace entre los cultos egipcios y el cristianismo. La misma Biblia habla de la infancia de Jesús en Egipto, y no digamos de Moisés, que era príncipe, y como tal podría haber dejado algún rastro en monumentos o inscripciones.

Algunas de estas cosas, si aparecieran, no solamente afectarían a la arqueología, sino a la religión y, en general, a todos los conocimientos del hombre como ser humano, ya que en parte contestarían algunas cuestiones fundamentales del pensamiento.

Desde luego Egipto no está agotado, recientes descubrimientos: El faro de Alejandría, el valle momias de oro, etc. lo prueban.

También hay la posibilidad de que algunos descubrimientos importantes hayan pasado inadvertidos al haber sido ocultados o simplemente desaparecido, es decir, lo que se pudo descubrir y ha sido saqueado. ¿Pueden estar en manos de coleccionistas privados importantes descubrimientos ilegales, desconocidos para los demás, e incluso para sus poseedores, que ignorarían su verdadero valor?
Pero hay algo que no queremos continuar sin dejar de afirmar. Los mayores descubrimientos que se pudieran producir en Egipto pueden corresponder más al campo del pensamiento del hombre, a los orígenes de las actuales religiones (y a la verdad o mentira que ellas encierran), que a simples objetos materiales.


Relación de algunos posibles descubrimientos:

La Tumba de Osiris:
Mencionaremos que Osiris representa las fuerzas del bien, que han de estar activas para vencer a los poderes negativos, personificados en Set. Todo ello queda claramente plasmado en la historia de su leyenda.

Osiris, quien según la mitología fue asesinado por su malvado hermano Set, era uno de los dioses más importantes del antiguo Egipto. Fue sepultado por Isis, su hermana y esposa, y resucitó como juez de los muertos y señor del mundo subterráneo.

El primer ser al que se le practicó la momificación fue Osiris; de hecho la práctica de la conservación del cuerpo se debe a los fructíferos intentos de Isis y de Anubis por devolverle a la vida. Todo ser humano que deseara la momificación más perfecta, debería ser conservado con las mismas técnicas que se emplearon con el dios del Más Allá.

Muchos son los templos egipcios que se vanagloriaron de guardar una de las partes de la divinidad (trozos de su cuerpo despedazado por Set cuando le asesinó), sin embargo, un simple recuento nos indica la imposibilidad de esta leyenda, ya que al igual que los clavos de Cristo o los trozos del madero de su cruz, los fragmentos de su cuerpo se multiplican hasta la saciedad.

Por su relación con la vegetación, las cosechas y la resurrección, Osiris también se relacionó con la muerte, con la vida en el Más Allá. Por ello, en el interior de las tumbas se introducían unas figuras, denominadas “Osiris Vegetantes”. Se trataba de estatuillas o moldes huecos que representaban la silueta del dios y donde se plantaba trigo. En la oscuridad de la tumba germinaban produciéndose el milagro del renacimiento.

Parece ser que Osiris fue considerado en tiempos muy antiguos como un rey difunto y divinizado que vivió antes de que Heliópolis alcanzara la supremacía política. El carácter de dios de la vegetación lo tomó de los atributos del dios Andjti después de haberle suplantado en su nomo. La tradición religiosa le atribuía la unificación de Egipto y se le representaba llevando un tocado que reunía las dos plumas de Andjti, uno de los dioses del bajo Egipto, y la corona blanca que ceñían los reyes del Alto Egipto. Además todo lo que se sabe de la familia de Osiris parece confirmar su carácter real. La rivalidad que le opuso a su hermano Set, el poderoso monarca de Ombos en el Alto Egipto, ha sido interpretada como el recuerdo de las guerras que concluyeron con la unificación del país, o quizás como una alusión a los antagonismos que suscitó la introducción del culto de Set en el Delta Oriental.

Esta hipótesis moderna, que cree poder reconocer en Osiris a un rey divinizado por sus partidarios encuentra cierto apoyo en la doctrina de los sacerdotes del Imperio Antiguo para quienes el dios era ante todo el rey y el juez de los muertos.

Por tanto, si se trataba de un rey, es decir, un faraón; su cuerpo momificado o al menos su tumba original, pueden ser encontrados.

Conexión del culto de Isis y el origen del cristianismo

El prestigio de Isis era tan grande que acabó absorbiendo a todas las divinidades femeninas, en primer lugar a las de Egipto, y posteriormente a todas las del Imperio. Las diferentes provincias adoraban a los dioses egipcios, desde África Septentrional hasta el valle del Danubio, desde Inglaterra hasta el valle del Indus. Pero el triunfo de Isis fue tan efímero como brillante. El cónsul Nicómaco Flaviano ordenó celebrar en Roma, en el año 394, fiestas nacionales en honor de Isis, y ese mismo año vio el triunfo del cristianismo Teodosio: los templos paganos fueron cerrados y los sacrificios prohibidos. En Egipto la situación fue la misma. El paganismo encontró su último refugio en el círculo de los filósofos místicos que se mantuvieron fieles a los dioses del Nilo ya bien entrado el siglo VI. Pero sabían bien que el mundo ya pertenecía en adelante a los cristianos y que muy pronto nadie mostraría interés por la antigua religión, ni por las innumerables inscripciones que celebraban, sobre las paredes de los templos en ruinas.


Los túneles secretos
bajo las pirámides
Algo que llama la atención al observador atento es el hecho de que algunos grabados (a los que los investigadores actuales no parecen haber hecho mucho caso por ser de época romántica, tan proclive a imaginación y leyendas), describen gráficamente, y con toda precisión, estancias aparentemente subterráneas y pasadizos que no se identifican con lo actualmente conocido. La zona, según las anotaciones de los artistas que hicieron los dibujos, es la de Giza.

El testimonio de estos dibujos parece confirmar la leyenda de que algo se esconde en túneles y estancias bajo las grandes pirámides. Claro que quizá no sea leyenda y sí las indiscreciones de los habituales ladrones de tumbas que, muy a menudo, todavía en nuestros tiempos, tienen más éxito en su búsqueda que las excavaciones oficiales. No voy a hablar más de estos personajes, como los El-Rasoul y otros menos insignes, pero no menos eficaces. Pero sí apuntar algo de lo que se ha encontrado y lo que puede estar bajo las pirámides de Giza.

De los primeros no vamos a hablar por ser ya más que conocidas. Se ha especulado mucho, y sobre todo, con los misteriosos túneles bajo la esfinge y las pirámides. Sin embargo, creo que incluso la aparición de más pasadizos o cámaras no revelaría (aparte de la posibilidad de encontrar objetos) nada relevante, ya que las pirámides, las Giza y casi todas las demás, hoy las vemos así, pero en su época eran una simple parte (aunque importante) de un complejo religioso. Para entendernos algo así como un monasterio, con su gran iglesia, su campanario y cementerio. Eso nos ayudará a comprender algunas confusiones, ya que el fin de la pirámide no era en exclusiva el servir de tumba, sino ser un centro religioso. Eso explica las diversas cámaras, sarcófagos vacíos, etc. Eran como el baptisterio, la cripta y las capillas de una de nuestras catedrales. Los ritos que en ellas se celebraban ya podemos conocerlos en parte, esperemos que nuevos descubrimientos nos permitan conocerlos a fondo.

Imhotep, el enigmático

La figura de Imhotep se nos presenta de muchas y variadas formas, desde sacerdote hasta sabio y arquitecto, posiblemente fuera de todo eso. Lo incluimos aquí por dos motivos, el primero por ser, posiblemente el creador de las pirámides y la segunda por la tradición, más que leyenda, que lo relaciona con el libro de Set y los papiros de Thot, buscados y no encontrados, objetos por tanto (si existieron alguna vez) susceptibles de ser otro de los descubrimientos que en el futuro podrían producirse. No son más que elucubraciones, pero si apareciera la tumba de Imhotep, de la que no hay noticias, en estado intacto, lo cual a su vez parece posible debido a su presunta habilidad en crear lugares seguros de enterramiento, podrían estar allí tanto el libro de Set como los papiros de Thot.


El verdadero constructor
de la Gran Pirámide
En el año 1850 fue descubierta por Auguste Mariette (el mismo que fundó el Museo Egipcio de El Cairo), una estela de piedra caliza en un templo cercano a la Gran Pirámide que en su tiempo ordenó restaurar el Faraón Keops y dedicado al culto de la Diosa Isis. Esta estela que se puede ver en este mismo museo, por el contenido de sus inscripciones bien podría tener el nombre de la “Estela Maldita”. Ningún egiptólogo que se tenga por serio y respetuoso con el orden establecido en la historia, admite que esta estela sea verdadera, sino una falsificación de mal gusto de algunos sacerdotes que la copiaron de una más antigua e introdujeron algunas modificaciones irrespetuosas hacia los gobernantes de la IV Dinastía, con los que no debían simpatizar mucho.

La razón para que todo este asunto tan rocambolesco sea así, es verdaderamente inquietante. Las inscripciones que contiene son lo suficientemente claras para negar la propiedad de la Gran Pirámide al mismísimo Keops, así como las otras dos existentes a Kefrén y Micerinos. Y lo más curioso de esta historia es que, fue el propio Keops, quien redactó esta estela, y donde él mismo solamente se erige como constructor en Giza, de una de las pequeñas pirámides satélite que están junto a la Gran Pirámide, y que dedicó a una de sus mujeres, llamada Henutsen.

La Gran Pirámide y sus compañeras, permanecían allí desde tiempos inmemorables, cuando los dioses gobernaban Egipto, y eran propiedad de la Diosa Isis, al igual que el templo donde se encontró la estela y que Keops ordenó restaurar. También esta estela hace referencia a la existencia de la Esfinge, que corrobora algunas dataciones geológicas que la sitúan varios miles de años antes de la aparición de Kefrén, su supuesto constructor.

Poco antes de que Mariette descubriera esta estela, conocida con el nombre de Estela Inventario, la egiptología dio por sentado uno de sus dogmas inamovibles, por lo que se la ignoró y rechazó. Y es que este dogma, apoyado en una curiosa y oportuna inscripción localizada en una de las inaccesibles cámaras de descarga de la Gran Pirámide, junto a un relato que le contaron unos sacerdotes egipcios cientos de años después de su supuesta construcción al historiador Herodoto, constituyen y establecen la piedra angular de la egiptología a la hora de datar toda la Historia de Egipto.


Las Tablas de la Ley
y el Arca de la Alianza
Hacia 1375 a.C. sube al trono el joven faraón que pasaría a la Historia con el nombre de Akenatón. Durante los diecisiete años que duró su reinado impuso a todo el imperio una nueva religión monoteísta de adoración al Dios Supremo -Atón- cuyo símbolo visible era el disco solar, como fuente de radiación de la energía y de la luz.

Encontramos versos áureos de Akenatón a su Dios Universal que nos recuerdan a los salmos de los profetas judíos y, más tarde, al Corán de Mahoma. Y dice el Faraón: “¡Oh Tú, Dios Único! ¡No hay otro Dios sino Tú!” Y es curiosa esta línea genealógica que geográfica y religiosamente entronca tres grandes culturas en el tiempo: El Atón de Akenatón, el Yahvé de Moisés y el Allah de Mahoma. Las similitudes de esta sucesión religiosa semítica son fascinantes y demasiado extenso sería desarrollarlas aquí.

¿No pudo ser que Moisés fuera un sacerdote de la Escuela de On, templo dedicado a Atón, y coetáneo seguidor del faraón iluminado?
Las fechas coinciden. Podría ser que Moisés, viendo destrozado el culto al Dios Único a la muerte de Akenatón y siendo gobernador militar de la provincia limítrofe de Gosen, decidiera llevar a cabo el experimento social más arriesgado de la Historia: crear “casi de la nada” un pueblo, una religión y una nación.

Para el autor angloegipcio Ahmed Osman, célebre por haber identificado al abuelo de Akenatón, Yuya, con la figura del José del Génesis, atacó en 1990 con otra nueva hipótesis. ¿Osman consiguió extender lazos bastante verosímiles para argumentar que Moisés y Akenatón habrían sido la misma persona...?
En el Pentateuco se mencionan a los nombres de Yahvé, Elohim y Adonai para referirse a Dios. Según Gressmann: “Los nombres distintos son el índice evidente de dioses primitivamente distintos. Pudiera ser que en un principio, todos aquellos nombres fueran índices del choque de fuerzas entre las primitivas tribus hebreas, y que al final prevaleciera la más poderosa y cruel de ellas. Moisés se acoplaría a esta tradición semántica de su pueblo elegido y utilizaría sagazmente sus costumbres religiosas ancestrales para conducirles por donde sólo él sabía”.

Históricamente, Yahvé era un dios primitivo, volcánico, cruel, patriarcal, celoso y vengativo, adorado por las tribus medianitas de Qadesh, un oasis situado al sur de Palestina, entre la península del Sinaí y Arabia, a quien las enseñanzas egipcias de Moisés y después los profetas, intentarían dulcificar y darle un sentido universal. Y para ello Moisés no dudó en emplear una alta magia que es signo inequívoco de que había bebido en los Misterios Egipcios, por lo que sabía preservar los secretos, como el referido al hecho ya citado de guardar los libros sagrados en un arca (como Moisés hizo con las Tablas depositadas en el Arca de la Alianza) llevado a cabo por los cultos iniciáticos egipcios, tradición ésta que no salió nunca del Templo.

¿Pueden aparecer testimonios de Jesús en Egipto?

La primera vez que entré en una iglesia copta me embargó un sentimiento de esos que nunca se olvidan. En una semipenumbra, de tonos ocres y rojos con reflejos dorados, lo primero que me fijé fue en una pintura que resplandecía a la luz de unas velas puestas en el suelo bajo la misma. Un Cristo nos contemplaba con esa misma mirada que tienen los iconos más antiguos y que se reproduce desde el Mandylion hasta la expresión que se deduce de la Sábana Santa de Turín. Y es que en el Egipto profundo, rodeados de los restos de la remota civilización de que proceden, están los que son a la vez los descendientes directos de la religión y cultura egipcia antigua, y de las primeras iglesias cristianas. Y es que el actual cristianismo tiene mucho que ver con la religión egipcia.

En la tierra de Egipto nació la primera creencia religiosa monoteísta de los seres humanos en el siglo XIV a.C. por medio de Akenatón; en ella vivieron Moisés y Jesús; entró El Islam, sin lucha...


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