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ene 21, 2010

El oro transforma tu espíritu

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El oro transforma la sangre en portadora de lo espiritual, de este modo, el sistema cardiovascular se constituye en el centro del ser humano, órgano solar mediante el cual el YO actúa por medio de la organización aérea, lo anímico, y líquida procesos de vida hasta la actividad de las sustancias físicas. El embrión en el seno materno es conducido a su madurez mediante el calor del sol del microcosmos, es decir del corazón del proceso oro páracelso, explica el doctor Rudolf Steiner.

El oro está relacionado con los procesos de hematopoyesis manteniendo la normalidad funcional dentro de la médula de los huesos, la intoxicación con oro paraliza estas funciones --anemia, agranulocitosis-- que pueden llegar a la aplasia medular. En dosis homeopáticas consigue influir en la anemia y la leucopenia.

Un sistema de equilibrio sutil del oro, actúa en el seno de la sangre, se manifiesta en la constancia de sus constituyentes isotonía-isoionía, composición y temperatura, que se mantienen iguales en límites muy estrechos, y constituyen la base fisiológica de nuestra conciencia de vigilia.

Según Paracelso, la energía del oro reúne las dinámicas básicas --Sulfuro, Mercurio y Sal-- en una unidad funcional, las perturbaciones del proceso oro se expresan mediante trastornos de origen cardiaco con pérdida del equilibrio psíquico y tendencia a la expansión maniaca de cara a su entorno o bien a la retracción en sí mismo, egocéntrica y depresiva. A nivel terapéutico, el oro puede tratar estos desequilibrios.

Cuando en una persona son insuficientes las energías solares, se manifiestan en una necesidad de luz y calor. El sujeto sufre por una carencia de luz interior, está como congelado, captado por una tendencia egocéntrica, su pensar está ciego a todo ideal y como atado a lo material, incapaz de acceder al mundo de las ideas, y a entusiasmarse por las aspiraciones de la humanidad, los ideales más elevados le dejan frío.

Su corazón es incapaz de calentarse y de amar la vida en profundidad, la falta de un sano sentimiento de sí mismo y del gusto por la vida, la carencia de auto-estima, la melancolía, la auto-acusación sin fundamento, y la angustia le quita toda seguridad e impulsan a la desesperación.

El “carente de sol” no se atreve a comprometerse a fondo y no se siente capaz de afrontar las tareas que le esperan, su ojo psíquico sólo ve la mitad de las cosas, “el lado oscuro de la vida”. La existencia se vuelve para ellos una carga demasiado pesada, la sabiduría popular habla de un “corazón de oro”, de un “corazón cálido”, lleno de benevolencia y compasión.

Un “gran corazón” reúne todo en su amor, el “corazón frío” o “corazón de piedra”, describe a un egoísta, una persona “sin corazón”, al que la alegría y los sufrimientos de los demás le dejan insensible. El “corazón que sangra” o el “corazón roto” expresa el dolor que le quita la vida, la tradición ve en el proceso oro del corazón al portador del YO.

En este símbolo del corazón se ha concentrado el ser psíquico, moral y espiritual, en el corazón localizamos también el punto central en relación con el conocimiento de si mismo: lo que nos mantiene en la conciencia terrestre de la vigilia es la fuerza que actúa en el oro, allí donde físicamente se encuentra el músculo cardiaco se reúne todo lo que nos da un punto fijo de referencia. En el corazón está el centro por excelencia que nos impide hundirnos, escapar hacia arriba, desviarnos a la derecha o a la izquierda, en fin, lo que nos mantiene con el corazón relaciona el bienestar orgánico, el coraje y la armonía.


Fuente: Enplenitud.com



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