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Nuevo Amanecer
ene 30, 2010

Nicaragua desde el cielo

Nicaragua desde el cielo es uno de los relatos que conforman el libro Si estuvieras aquí, de Francisco Javier Sancho Más, que será presentado este jueves en Literato


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Quien la vio pensó que hay que querer mucho a la tierra para copiar su nombre en una hija. Una forma de atarle a ella, con el mismo amor, y la misma condena. Hacia la tierra misma ella volvía.

La llevaron de pa seo a los volcanes. Ese fin de semana tocaba los volcanes. Cada dos o tres meses su padre le mostraba la poderosa geografía que le daba nombre. Quizá, en cinco años la habría abarcado por entero. Llegarían a todos los rincones del país amado. Navegarían por casi todos sus ríos, los que se dejaran navegar, y por las costas de los dos mares que lo bañaban. Pero entonces, tocaban las alturas de los volcanes, y llegaron a uno que se llamaba El Mombacho. Y ella decidió que fuera allí. No dijo por qué, ni dio muestras de su intención.

Desde el mirador, su figura, cayendo de cabeza hacia la punta de los árboles, daba una cierta placidez a quien la mirase sin pensar en lo que veía. Se podía sentir su propio silencio flanqueado sólo por corrientes de aire.

¿Habría perdido ya el conocimiento? En caída libre, la velocidad puede provocar un mareo insoportable, y a medida que se está más cerca del imán de la tierra, la sensación se acrecienta, y con el mareo, el vómito… ¿Habría muerto ahogada? Seguramente no. Sería imposible mantener aquella postura de trapecista al revés durante tanto tiempo. Era como si antes de perderse, decidiera recrear por un minuto la belleza. Hacer equilibrios en el aire, esperando rebotar después, como si una enorme red de circo le aguardase, para volver a ensayar otras figuras.

Tras las lágrimas producidas por el golpe de viento y el cosquilleo de la velocidad, pudo distinguir los madroños y las ceibas por sus nombres. Los ramajes de esos árboles se afilaban al sol como navajas. No tardaría mucho en hacerse picadillo. Estruendo, crujidos de madera cortándose de cuajo. Le dio pena provocar aquel escándalo, un cierto pudor de no querer inquietar al bosque. Lo último en que pensó fueron preguntas. ¿A quién o a qué debía reservar en este instante su última imagen consciente? No era tan obvio, y de hecho se sorprendió de su falta de interés, concentrada como estaba en su vuelo. Habría de pasar casi rozando las puntas más altas de los árboles para saberlo.

Pero no le dio tiempo. El azote de las primeras hojas en las copas, le arañó la cara levemente. La última y suave concesión de aquellos hijos de la tierra. Luego comenzó el ruido. Sus pies aún pudieron engancharse una décima de segundo en la enramada, pero la violencia la rechazó de nuevo en una pirueta de doble salto mortal y se dio en la frente contra el cuerpo de una rama gruesa que no se rompería. Después, ese calor conocido de los primeros golpes, siempre la frente desprotegida. La sangre ya debía estar saliéndole a borbotones, salpicando las hojas sin llegar al suelo. Entonces perdió el conocimiento, pero no dejó de verse a sí misma cayendo, sin rastro de dolor, dando tumbos, y a medida que caía era ella a los diecisiete, saliendo del colegio en su última clase, y aquel joven que la seguía; luego ella a los doce, papá acompañándole a recibir el premio; y después a los nueve, primera comunión; y tras muchas ramas y golpes, un muñeco a merced de los brazos del bosque, se miró en el suelo: una bebé acurrucada, dormida plácidamente. Había vuelto otra vez hacia la tierra, y se miraba con sus ojos desde el cielo.

Quien la vio caer pensó que hay que querer mucho a una tierra para copiar su nombre en una hija que se lanza a morirse sobre ella.



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