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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 15 de Mayo de 2010 - Edición 10685
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El misquito inspirador del “Viernes” de Robinson Crusoe


En un ensayo de los años 30, Pablo Antonio Cuadra señaló la tentación viajera del nicaragüense y su individualismo aventurero, calificándolo de robinsónico. Es decir, tomando de referencia al personaje de la famosa novela Robinson Crusoe (1719), del inglés Daniel Defoe (1660-1731).

Titulado “El Robinson, el aventurero y el conquistador” (1939), ese ensayo contenía un hallazgo documental localizado en una edición de la Enciclopedia Larousse. Me refiero al testimonio que dejó el célebre navegante William Dampier del rescate “de un aborigen nicaragüense” abandonado por el capitán Sharp en una de las islas de Juan Fernández del mar del Sur (Océano Pacífico) frente a las costas de Chile. Pues bien, en la referida enciclopedia se agregaba: “si nos hemos detenido tanto hablando de este solitario forzoso es porque ha servido de tipo a Daniel de Foe para su Robinson Crusoe”.

Posteriormente, insistiendo en la vinculación del “nica” vagabundo o rodador de fortuna con el hombre moderno —surgido en el siglo XVII—, que encarnaba al personaje de Robinson Crusoe (experimentado en viajes peligrosos, negocios y con aspiraciones de enriquecimiento con la “trata de negros”), PAC incorporó dicho testimonio a su ensayo identitario “El nicaragüense” (1967). Ahora su objetivo se ampliaba a exaltar y reconocer la capacidad de sobrevivencia de ese inteligente compatriota —indio misquito para más señas—, preguntando y sugiriendo: “¿No debería ser integrado a nuestra nativa mitología o levantarse en algún parque de nuestro país (en Bluefields o Puerto Cabezas) la estatua de este ‘soldado desconocido’ de la aventura nicaragüense?”. Y, aunque no se ha erigido monumento alguno, ya forma parte de nuestra mitología.

Efectivamente, en su formulación mítica de la nacionalidad, PAC universalizó a ese ignorado misquito —excelente navegante, como todos los de su etnia— al considerarlo no sólo el más remoto y clásico ejemplo de la índole viajera de nuestro pueblo, sino el inspirador de Defoe. “Ni su autor ni la novela son nuestros, pero sí el héroe anónimo que inspiró el simpático personaje del primer libro de aventuras de la época moderna” —anotó en “El nicaragüense”. O sea: desde una perspectiva “nacional”, PAC se identifica como mestizo del Pacífico con ese producto histórico de nuestra región vinculada al colonialismo inglés.

Por mi parte, contribuí a tal mitificación semiótica —consistente en otorgar contenido “nica” a ese personaje perteneciente a una zona aislada por siglos del país— retomando la experiencia de este misquito, cuyo nombre descubrí: William, o Guillermo en español. Éste no fue, como se creía, náufrago sino accidentalmente por el pirata “Charqui” o Bartolomé Sharp (“más codicioso que cruel, más cobarde que dañino”), al salir de la isla sobresaltado con su gente —pero sin “nuestro” misquito— tras avistar una vela española.

Guillermo —resumí entonces— subsistió alrededor de tres años sólo con un fusil, un cuchillo y un pequeño cuerno lleno de pólvora; construyó una choza y vivía de cabras y peces. Un día avistó dos embarcaciones y, temiendo que fueran españolas, se escondió en el momento; pero, al observarlas de nuevo, reconoció que eran de sus amigos ingleses. Regresó a la choza, mayó un cabrito e hizo una hoguera en la playa, cuya humareda atrajo la atención de una de las embarcaciones. Y el primer marinero que bajó de ella fue su viejo amigo Robin. Ambos se saludaron de acuerdo con la costumbre misquita, echándose alternativamente al suelo uno y otro para ser levantado por el que permanecía en pie

Y retornaron a sus lares nativos.

Evidentemente, Guillermo resultaba un pre-Robinson: el antecesor real del personaje que, de hecho, casi totalmente sirvió de modelo a Daniel Dafoe. Alexandre Zelkirg era su nombre. Zelrkirg fue abandonado también en la isla “Más afuera” del archipiélago Juan Fernández en 1705 y rescatado cuatro años y cuatro meses después por otro capitán pirata; hecho muy conocido. Pero se desconocía que Zelkirg había encontrado restos de la choza del misquito Guillermo, como lo refiere el norteamericano Irving Wallace en su libro Argumentos fabulosos.

A siglo y medio de la exitosa primera edición de Robinson Crusoe, nuestro misquito ya se había olvidado completamente, pues en 1868 el comodoro Powell, al mando de la fragata “Topaze” en las aguas del Pacífico, mandó a fundir en Valparaíso —a costa suya y de sus oficiales— una sólida plancha de hierro en memoria de Zelkirg, el marinero escocés nacido en Largo, condado de Fife, quien había sobrevivido solitario en la mencionada isla mil quinientos ochenta y dos días. La plancha tiene una inscripción en el alto relieve que Powell hizo clavar en el empecinado flanco de la montaña, a una hora del camino del embarcadero actual frente al oeste y en el primer declive del Yunque, conocido como “Selkirk’s lookout”, porque ese era el habitual divisadero del náufrago famoso.

Es indiscutible, por tanto, la ecuación Zelkirg = Robinson Crusoe. Pero, al mismo tiempo, no puede eludirse el aporte de Guillermo en la forja de Robinson Crusoe. Le asistía razón a PAC al sostener que, sin no en su totalidad, también el “caso” de nuestro misquito fue tomado en cuenta por Defoe. Y también al suscrito cuando descubrió el nombre de “Robin” como el del amigo de Guillermo y tripulante del barco de Dampier que lo rescató. Así, concluyo que “Robin” procedió a “Robinson” (el hijo de Robin, en inglés), como tituló el historiador decimonónico de Chile, Benjamín Vicuña Mackena, el capítulo VI de su obra: Historia de la Isla de Juan Fernández.

En una edición reciente de esta obra, refiriéndose a Guillermo, se lee la extensa nota de Dampier: “Este indio —dice el piloto inglés— había vivido en la más completa soledad durante más de tres años, y aunque los españoles que conocían su existencia, lo buscaron muchas veces con empeño, nunca pudieron darle caza. Se hallaba cazando cuando el capitán de su barco (Sharp) abandonó repentinamente la isla, de modo que pudo conservar su fusil, una navaja y un polvorín de cuerno con algunas municiones. Cuando se le agotaron estas, formó de su navaja una pequeña sierra, y con ésta cortó el cañón del fusil, labrando de esta manera anzuelos, lanzas y arpones, con los cuales se alimentaba pescando. Para hacer fuego se servía de la piedra calcidonia de su ara, y convirtiendo su fogata en fragua, templaba sus armas y las aguzaba con el ingenio que es propio de aquellos indios. Con la piel de los lobos que mataba a palos fabricaba cuerdas para arrojar el anzuelo, y a media milla de la playa construyó con cueros de cabra una pequeña choza, en la cual dormía, habiendo aderezado hasta un cómodo catre con el mismo material”.

Vicuña Mackena comenta: “¿quién no ha echado de ver en la simple lectura de este párrafo algunos de los sencillos elementos de composición literaria que sirvieron veinte años más tarde al gran novelista inglés para completar el cuadro del solitario Juan Fernández? ¿Quién no ha reconocido que el indio mosquito de Sharp, el precursor de Selkirg y de Robinson?”. Y así es. Además, apunta Vicuña Mackena: “Y a propósito de esta natural inducción, no será fuera de lugar volver a decir que el indio que andaba con los bucaneros y ayudó a encontrar a su perdido compañero se llamaba Robin. Y el nombre de Robinson ¿no habría sido así un tributo de franqueza y de honrado recuerdo del autor del último, a su primitivo modelo y fuente primera de su inmortal inspiración?
Desde luego. Sin embargo, el mito de Guillermo —o más bien de William, el misquito— procedió de la mentalidad eurocentrista del siglo XVII en la línea del “Calibán” de The Tempest de William Shakespeare. El mismo Vicuña Mackena captó esta concepción: “El marinero abadonado resultó ser un indio de Centro América llamado Guillermo, y éste es el tipo que sirvió de molde al indio que Defoe dio por compañero a Robinson y llamó Viernes por el día de su hallazgo”. He aquí el verdadero aporte centroamericano, o específicamente de la nación mosquita —y que por extensión asumimos como nicaragüenses— a la novela de Robinson Crusoe, aporte que PAC, entre nosotros, fue el primero en intuir y que el suscrito acota, no sin subrayar que se trata de una creación literaria de ese representante de la expansión colonialista inglesa que fue Daniel Defoe. De su inicial inspirador, nada más sabemos; en cambio, de Zelkirg se conoce que trató a Defoe en las tabernas de Londres, refiriéndole su historia; y que murió
a los 47 años, en 1728, como teniente de la Armada Británica.




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