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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Miércoles 28 de Julio de 2010 - Edición 10758
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Yo tengo ojos para ver


El acto del 19 de julio fue una especie de circo grotescamente bizarro, con un programa epiléptico, donde sólo faltaron la mujer gorila, los enanos martirizando a Sansón y un ternero con dos cabezas.

Quien tenga ojos para ver que vea… vociferaba Daniel Ortega desde el púlpito de la demagogia, poniendo como supuestos logros entre cifras ensalivadas y banalidades fantásticas, cuatro kilómetros de carretera en un país con más de 130,000 km2, el más grande, el más pobre y a la vez el más atrasado de Centroamérica. En el ranking tecnológico mundial de 134 lugares, Nicaragua ocupa el puesto 123

Costa Rica el 56.

Yo tengo ojos para ver y veo, que la mayoría de los seis millones de nicaragüenses sobreviven milagrosamente en la pobreza, sofocados por el peso de la ignorancia y la corrupción política. Veo que Nicaragua es el paraíso de la impunidad, donde los ladrones y los asesinos andan libres, visten toga, abren prisiones y hasta son candidatos.

Constato un país cuyas riquezas naturales podrían satisfacer las condiciones óptimas de vida de su población, convertido en uno de los más pobres del mundo por la codicia y la degradación moral de sus políticos. Específicamente el número 124 de 182, según el último Informe de Desarrollo Humano de Naciones Unidas.

Observo un país cedido durante tres décadas a una clase política corrupta absolutamente inferior a la tarea de gobernarlo. Noto la impunidad con que Daniel Ortega y Arnoldo Alemán corrompen la democracia y violan la Constitución en nombre de unos intereses nacionales y una justicia social que solamente vuelven millonarios a los miembros de sus cúpulas.

Distingo, a pesar del maquillaje con que el Banco Mundial o la ONU siempre disimulan la pobreza del mundo, que los índices de Nicaragua avergüenzan. Somos el segundo país más pobre del continente solamente superados por Haití y en el planeta sólo nos superan en pobreza los países más pobres del África. Somos algo así como un pigmeo subdesarrollado.

Eso significa que más o menos el 60 % de la población vive en condiciones de extrema pobreza, con menos de un dólar al día y que otro 20% del porcentaje restante son básicamente pobres. Que tal vez un 80% de la población vive en condiciones infrahumanas, sin tener acceso al trabajo formal, al agua potable, a los servicios básicos de salud, a la educación y a una vivienda digna.

Implica la infamia de que millares de niños, quién sabe cuántos, porque nadie se ha dado a la tarea de contarlos, se mueren a diario de enfermedades curables, que miles padecen desnutrición, no van a la escuela y trabajan en condiciones de esclavitud, son violados, vendidos o prostituidos.

También quiere decir que aproximadamente un cuarto de la población nicaragüense entre 1.5 y 1.6 millones ha emigrado hacia Estados Unidos y otros países. Que existe un alto porcentaje desconocido que también quisiera abandonar Nicaragua. Tal vez por eso es que no terminamos de colapsar, porque las remesas que estas personas heroicas envían, que pueden alcanzar hasta un 20 % de nuestro PIB, lo han impedido.

Finalmente veo que la mayoría de esos seis millones de nicaragüenses que no nos beneficiamos del lucro de la corrupción política, seguimos como la llorona, sólo nos quejamos sin luchar efectivamente en su contra. Que continuamos sin hacernos las preguntas importantes, como por ejemplo, porqué debemos permitirle a Ortega finalizar su periodo y además correr de nuevo como candidato, después del fraude y las innumerables violaciones a la Constitución.

Sin embargo, atisbo también que esa misma mayoría, que tal vez representa un 50 % del electorado, no padece el síndrome del fan de la lucha libre, como la minoría que vota ciegamente por los caudillos del pacto, creyendo desde su ignorancia política que “ganan” y que realmente participan con su voto en una contienda electoral y no en un fraude o una farsa política.

Por eso sé que vamos a perseverar como nación, porque los nicas hemos sobrevivido entre otros males, al matrimonio, dictaduras, guerras, terremotos y huracanes. Del matrimonio hay quienes ponen cara de felicidad y esperan a que la muerte los libere, pero de las dictaduras, como la que el orteguismo quiere instalar de nuevo, cueste lo que nos cueste siempre nos terminamos liberando.

Con Somoza perdimos la costumbre de sufrir con los dientes apretados, así que no importa cuánta riqueza mal habida pueda meter la pareja bajo el sombrero de Sandino, tarde o temprano también recibirán de nuevo su merecido histórico, sólo que esta vez debemos asegurarno de que no tengan impunidad.




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