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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Martes 18 de Enero de 2011 - Edición 10927
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Timbucos y Calandracas


En las interminables guerras civiles del siglo XIX, caudillos y terratenientes vaciaban las rancherías de sus latifundios y echaban al monte a la peonada, que de la noche a la mañana amanecían en campamentos militares, convertidos en reclutas de caites y calabazos, que de dos en dos, de diez en diez, de cien en cien, de mil en mil, morían en las trincheras de los patrones, sin saber por qué ni para qué. Eran los tiempones de los Timbucos y los Calandracas, conservadores unos, y liberales otros, de la Nicaragua de entonces, apodados así por la agudeza del ingenio, el humor y la revancha popular. Se le dice timbuco a un chancho gordo, y por extensión, a quien está bien comido, condición que ostentan quienes detentan el poder, la oligarquía de antes, la burguesía de hoy. Calandracas eran los perros sin dueño, flacos, pulgosos, que merodeaban mercados y basureros, en busca de desperdicios y migajas.

Ideológicamente, éstos y aquellos no se diferenciaban mucho, incluso, se parecían en todo. Los unos, radicados en Granada, los otros, en León, ciudades-Estados dentro del país, cunas de “buenas familias”, proveedoras de presidentes e iluminados, destinados por la Providencia a conducir los destinos del país por los amplios y pacíficos senderos de la democracia y el progreso. Más de un siglo se alternaron y usufructuaron el poder. En 1855, los calandracas, como en el beisbol, importaron de California a William Walker y 57 mercenarios. A la semana, el chele combatía timbucos, al año se proclamó presidente, y fue el inglés lengua oficial, y la esclavitud, estado de vida, intención que recetó a Centroamérica. Y se desató la Guerra Nacional, con realismo mágico incluido, pues en medio de la matanza el general calandraca Casto Fonseca reformó el escalafón y se nombró Gran Mariscal, para parecerse a Sucre, el vencedor de Ayacucho, pues antes y ahora ha sido esencial, la barriga llena y el ego contento. Y mientras nos partíamos la madre, los ticos -oportunistas desde siempre- nos robaron Nicoya y Guanacaste.

Timbucos y calandracas han protagonizado los capítulos más aciagos de la historia de Nicaragua, y son responsables de los desastres ocurridos, en particular, de miles de muertos y destrucciones materiales, derivadas de las intervenciones norteamericanas y del enraizamiento de la dictadura somocista. Se puede decir que exagero, que durante los treinta años, los conservadores lograron tantos progresos, y que con la revolución liberal el país fue enrumbado hacia la modernidad. Pueden argumentar lo que quieran pero la historia terca los desmiente. Para congraciarse o burlarse, alguien los llamó paralelas históricas, y se creyeron entonces timbucos históricos y calandracas históricos. Como se sabe, paralelas son dos o más líneas o planos equidistantes entre sí, que por más que se prolonguen nunca pueden juntarse, como los rieles del tren, decían en la escuela, sin embargo, en Nicaragua, país surrealista por antonomasia e inverosímil por naturaleza, las paralelas históricas están en proceso de unirse, porque, como justificó un día de éstos un descendiente timbuco, “siempre hemos gobernado el país y estamos destinados a seguir haciéndolo”. Escucharlo me provocó escalofríos, pues vi a Nicaragua, amortajada, regresar cabizbaja a las profundidades del siglo XIX, de donde estaba por salir.

Los timbucos de hoy son los mismos del kupia kumi con Somoza, después de que la guardia masacró al pueblo, el 22 de enero de 1967. Los calandracas de hoy son los mismos de ayer, encabezados por un timbuco ladrón. Ellos se llaman, pomposamente, la oposición. En la acera de enfrente, está la otra parte, su contraparte, intentando juntarse, pues unirse es pedirles demasiado. Aun no lo consiguen, no porque les resulte difícil trazar las coordenadas para mejorar las condiciones de vida de los nicaragüenses, sino porque no cuadran la repartición de los puestos y las prebendas pre-vistas, porque su argamasa está hecha con el mismo descaro de antaño, sin embargo, los polos iguales se rechazan… y rechazados están.




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