El Nuevo Diario

Con un notable descompás de la teoría

Sexta Bienal Centroamericana de Artes Visuales en Tegucigalpa, Honduras

El pasado jueves trece de noviembre, en Tegucigalpa, concluyeron las actividades de la VI Bienal de Artes Visuales del istmo centroamericano, en una ceremonia que pasó inesperadamente de rutinaria y protocolaria, a emotiva y cordial, cuando el señor Ramiro Ortiz Mayorga rompió el rígido protocolo urdido por los organizadores locales, para añadir de improviso al programa un reconocimiento público, espontáneo, afectuoso, de persona a persona, para Juanita Bermúdez, quien ha sido el elemento de coordinación, de supervisión, de coherencia articulada, para orquestar a las diferentes entidades y organismos regionales comprometidos en llevar adelante este proyecto, a lo largo de sus doce años de existencia.
Ortiz Mayorga, el orador clave de esa noche, hizo un recuento sumario de estos doce años de actividad, durante los cuales se han realizado seis ediciones de la bienal, una en (o por) cada capital de Centroamérica. Con esta VI edición de Tegucigalpa se completa y cierra pues un primer ciclo, al tiempo que se anuncia la inclusión de otras nuevas facetas. Entre las anunciadas novedades, se incluye la participación de República Dominicana como elemento orgánico de las próximas ediciones de esta bienal.
Desde el punto de vista conceptual, el hecho más destacado fue el reconocimiento precoz, confirmado ahora, de un decisivo y necesario cambio de definición, de perfil y de nombre para este evento, provocando que evolucionara desde el concepto de Bienal de Pintura, hasta el de Bienal de Artes Visuales, abriéndose paso así a la participación de modalidades artísticas alternativas, no tradicionales.
Pero el momento decisivo de esa noche, cargado de gran expectación y de suspenso, fue el instante de la entrega de los premios (oro, plata y bronce, como en los juegos deportivos. Obedeciendo, acaso distraídos, por hábitos mentales asimilados mecánicamente del ambiente, a esa concepción que divide al mundo humano en triunfadores y perdedores. En lugar de tener en mente que “Toda victoria es, en algún lugar, un fraude”, tal como reflexiona en “Los perdedores caen en la lona” nuestro poeta de “Los estatutos de la pobreza”). Contradicción radical, confrontación de perspectivas que ya apunta a unos hondos sustratos de percepción moral, tanto de las personas como de las cosas y las situaciones. Cosa que acaso sea digna de una sistemática reflexión ética, acá entre nosotros, por aparte. ¿No?
El jurado internacional de la VI bienal definió y señaló a tres obras triunfadoras. (Porque uno de los elementos que le confiere peso y densidad semántica a esta o a cualquier otra bienal o certamen, en el sentido de calificarla como instancia válida que legitima, que mediante este jurado reconoce o adjudica legitimidad a los artistas y sus obras, es el prestigio intelectual, académico, o pergeñado en altas esferas administrativas, que ostente cada uno de sus miembros).
Quiero mencionar en primer lugar a Rodolfo Kronfle, ecuatoriano (fue el único participante que, durante el foro paralelo, presentó una ponencia articulada, redactada con decoroso esmero estilístico, y sustentada en un nivel de generalidad que correspondiera con las pretensiones teoréticas pregonadas por el evento); Kronfle no había sido invitado como jurado, sino que sustituyó a última hora al brasileiro Agnaldo Farias (pronúnciese Farías, de acuerdo con las reglas de acentuación portuguesa), quien se excusó por no poder estar presente.
El segundo juez de este tribunal translatinoamericano fue Julián Zugazagoitia, mexicano radicado en los EU, doctor en Filosofía y Estética por la Sorbona, curador durante décadas de exposiciones latinoamericanas en el Gugenheim (casa matriz), director del Museo del Barrio, en Harlem, NY. No tuvimos ocasión de escuchar ni de leer una sola pieza teórica (ni lírica siquiera) de este doctor, pero en cambio, la referida noche de clausura, entre el extenso menú de variados ejercicios oratorios que atiborraron el programa, le oímos improvisar con notable soltura un discurso donde se mezclaban fluidas, armoniosas, la retórica sutil de las altas burocracias, y una refinadísima cortesía protocolaria, a flor de piel.
Completó este prestigioso tribunal Félix Ángel, arquitecto colombiano, radicado en EU, funcionario del BID (lo que no deja de proporcionarle a cualquiera cierto semblante de inmensa y beatífica tranquilidad), pero también curador, comisario, artista, juez, testigo, fiscal y corchete, brazo secular y, como si no le bastaran tantas preocupaciones, además: escribe, redacta y publica, comenta, elogia, critica, censura, a través de las páginas de semanarios y de revistas neoyorquinos.

LOS PREMIOS
El primer lugar fue para la obra “A la tumba perdida de Andrés Castro, a los héroes sin tumba de Nicaragua”, del nicaragüense Marcos Agudelo, quien no estuvo presente en la ceremonia de premiación. Su ficha de catálogo nos explica que Marcos realiza estudios superiores en Barcelona. Respecto a este premio, pareciera oportuno comentar algunos elementos analógicos curiosos. Porque la obra de Marcos Agudelo comparte varios rasgos característicos con la obra “El Muro”, de Ernesto Salmerón, premiada en una penúltima bienal nicaragüense, y que el año pasado viajara en odisea transatlántica hasta la 52 bienal de Venecia. Estos rasgos son: 1. ruptura con los formatos y las técnicas artísticas tradicionales; 2. la alusión directa a protagonistas y hechos clave de nuestra historia patria, agregándoles implicaciones irónicas, desusadas, heréticas, resemantizándolos, proponiendo significados y lecturas alternativas para los hechos, para las iconografías y las simbologías tradicionales. Enfaticemos que ambas obras incorporan objetos minerales, inanimados y prosaicos, uno un bloque de piedras de construcción, el otro una piedra de tamaño manuable, como calculada para romper un cráneo, o una clavícula cuando menos (ejercicio que hoy vuelve a ganar importancia, como una de las formas favoritas de expresión política para nuestros conciudadanos).
El segundo lugar le correspondió a “Estudio para la desconstrucción de una casa”, obra de Esteban Piedra, de Costa Rica (para impactar dos piedras con el mismo pájaro, como quien dice). Este objeto es una maqueta de vivienda cuya área de superficie debe ocupar unos dos metros cuadrados. A la minuciosa complejidad arquitectónica, al detallado diseño de interiores, mobiliario y accesorios, a la aséptica envoltura plástica que aísla los compartimientos, se unen unos menudos detalles sorprendentes, una pantalla mínima donde se proyecta un video, insectos vivos atrapados en el interior de las piezas. (¿No existirá en este mundo alguna sociedad protectora de los derechos de los insectos, por siniestros que nos parezcan?).
El tercer lugar fue para la guatemalteca Verónica Riedel, por “Tuk-tuk, mototaxi blindado”. Alusión ineludible, la más directa, la más obvia, a la inseguridad consuetudinaria que convive, al borde siempre de la muerte súbita, con la inmensa mayoría de los centroamericanos. Conviene señalar que a esta obra no la favoreció la museografía local. En el punto del patio donde le encontraron acomodo, parecía un vehículo más del personal técnico, electricistas, sonidistas, luminotécnicos, vigilantes, estacionado por emergencia o por descuido en el patio de esta monumental casona de dos plantas que es el Museo de la Identidad Hondureña.
El tribunal concedió una sola mención de honor, y ésta fue para la obra de Errol Barrantes, de Costa Rica, por las fotografías “En las faldas del Virilla” y “Soñar no cuesta nada”. Señalemos de paso que la incorporación de la fotografía como una categoría con plenos derechos, en total igualdad, cuando no con mayores consideraciones, ante las actualmente discretas, escasas, cada vez más raras, pinturas tradicionales, forma parte de ese cambio drástico de perspectivas conceptuales que sustenta el mencionado cambio de nombre y de razón social de esta bienal del istmo centroamericano.
Con esto, nos vienen a la mente algunas otras obras, incluidas en la exposición colectiva que (muy aparte de haber o no haber llamado la atención del respetable, autorizado y bien cotizado jurado internacional) sí merecieron nuestra consideración respetuosa, nuestra atención demorada, nuestra simpatía solidaria, en cuanto observadores objetivos, atentos, persistentes, de las curvas evolutivas que podrían definir el presente (y acaso el futuro inmediato) de las artes visuales en nuestra América Central.
Fuerte, intensa, fresca, rítmica, fluida la pintura del joven panameño Cisco Merel, muy buenas las fotografías de los guatemaltecos: Daniel Hernández Salazar, de sobria integridad en su pulcro micro relato, y sobre todo la de Guillermo Gutiérrez Solé, obra de una simplicidad estructural milagrosa, en medio de la densa trama de sus elementos. Ingenioso, creativo, fluido, el video de Sila Chanto y de Jhafis Quintero; simpáticos los desdoblamientos fotográficos de personalidad encarnados por el ecuatoriano Jonathan Harker (trans-personalizaciones legítimas, a lo Cindy Sherman. No sin alguna pizca de Cindy Louper, vos tenés razón).
Uno considera despacio las piezas mejor logradas del conjunto, y queda un rato jugando con sus razonables dudas, sin el menor afán de polemizar ofensivamente, ni mucho menos descalificar a tan prestigiosos calificadores. Pero, acaso pudo alterarse el orden de los premios, a lo mejor esos premios no estuvieron lejos de asumir otros nombres, a lo mejor los mismos jurados titubearon, discutieron, confrontaron sus dudas, contrapusieron algunos puntos de vista divergentes, por alguna mínima fracción que hubiera sido.
Aunque, a fin de cuentas, prevaleció cierta neutralidad abstracta, cierta objetividad consecuente. Los premios se distribuyeron a lo largo y lo angosto del istmo involucrado. Ningún país en particular acaparó la premiación. Para colmo de refinamientos: los artistas del país anfitrión (seguramente como otra muestra de deferencia y de exquisita cortesía) no alcanzaron premio ni mención alguna.

EL FORO PARALELO
Pero la VI bienal consistió, cuando menos, en una doble secuencia de eventos. Al igual que en las bienales metropolitanas, de Venecia, de Sao Paulo, de la Habana, o en los grandes eventos de París, Berlín, Londres o New York, los organizadores y administradores de nuestra versión regional han querido desarrollar el interés por el comentario crítico, realizado con fundamentos analíticos, científicos acaso. Se ha querido contribuir a la valoración de las ineludibles reflexiones teóricas que suelen y deben acompañar a todo movimiento artístico que se respete. Con este propósito, se realizó esta vez un foro paralelo de dos tardes, en el Hotel Plaza del General. Evento de acceso restringido, para un público mucho más selecto, y al cual nos hemos referido de pasada en nuestro texto precedente. Fuimos unas ochenta personas sentadas en un auditorio de hotel, cifra que deberá reducirse un tanto, si descontamos a los 36 artistas participantes, a los periodistas, fotógrafos y técnicos, más el inevitable personal burocrático y de servicio.
En otro artículo aparte, nos gustaría referirnos con orden y en detalle a este evento paralelo que, según todas las trazas, es donde han cabido las debilidades más significativas de este evento centroamericano, y donde podría ser de mayor utilidad e interés el análisis alternativo, la crítica constructiva, emprendida desde nuestra posición, documentada, objetiva y desinteresada.
Tegucigalpa, tarde del lunes 171108.
http://www.donaldoaltamirano.blogspot.com/

El Nuevo Diario - Managua, Nicaragua - 22 de noviembre de 2008