El Nuevo Diario

Ernesto Cardenal en persona y palabra

Los tres tomos de memorias de Ernesto Cardenal (Granada, Nicaragua, 1925) conllevan, en sus más de mil páginas conjuntas, la inquietante responsabilidad de resguardar el habla pronunciada a través de la escritura de un poeta consciente de que ha vivido mucho, pero dudoso de su trascendencia personal en aquello que sabe que ha vivido. Digo habla escrita porque la prosa de Cardenal, llana, ajena a la retórica, exaltada a ratos, aunque las más de las veces hecha de una flexibilidad que cotidianiza los hechos más singulares, en el caso de las memorias, devela, en la mejor tradición conversacional, los entretelones de una vida acarreada, por la voluntad y por el azar, de las pasiones amorosas a la fe en la literatura, de la vocación religiosa a la acción política, de las reservas ante las pócimas ideológicas a la abierta convicción humanista. Todo un periplo vital que se desgrana en vidas e incluso se dispersa, pero en el que algo permanece unitario: Ernesto Cardenal en persona y palabra.
Polémicas y cuestionables, como suele suceder con las memorias que merecen tal nombre, las memorias de Ernesto Cardenal atraen y desconciertan por la carga de ironía, locuacidad, humor negro e indiscreción con que se desenvuelven, lindantes en algunos momentos con la nostalgia cursi, en otros con un cinismo no exento de descarnado escepticismo.
Divididas en tres libros, las memorias cardenalianas declaran la intimidad de la vida privada de una persona y al tiempo la vida colectiva de un país en sus intimidades, en mangas de camisa, por lo que no es de extrañar que, en más de una ocasión, Cardenal no parezca el protagonista, sino un observador privilegiado, acucioso intérprete de todo lo que ve, lo que piensa y siente y de lo que a su alrededor se piensa y siente.
El primer tomo, Vida perdida (Colección Tierra Firme. Fondo de Cultura Económica, México, 2003. 440 pp.) gira entorno de dos pasiones, la erótica y la religiosa; el segundo, Las ínsulas extrañas (Colección Tierra Firme, Fondo de Cultura Económica. México, 2003. 478 pp.) versa sobre la conversión del poeta a la teología de la liberación y la adhesión a la izquierda; La revolución perdida (Colección Tierra Firme. Fondo de Cultura Económica, México, 2005. 456 pp.) devela el doloroso tránsito de la utopía revolucionaria a la aridez de la praxis, y el lento proceso de reconciliación del escritor con sus convicciones y consigo mismo.
Tres tomos de confesiones en la mejor tradición cristiano-católica, pero a la vez en la mejor tradición de las confesiones enciclopédicas. Cardenal se reconoce perteneciente a estas dos tradiciones, y sus Memorias entremezclan sin falsos pudores los apremios del libertino con las congojas del creyente, la disciplina del revolucionario con las reticencias del intelectual libre pensador.
Ernesto Cardenal en memoria y en duda. Las memorias cardenalianas son precisamente memoria, no autobiografía, son deconstrucción, no reconstrucción. En efecto, los tres tomos, aunque ordenados, no siguen un lineamiento cronológico, sino más bien la intercomunicación de hechos relacionados.
Vida perdida principia con la reseña del viaje de Cardenal a Estados Unidos para entrar a la orden trapense. Las palabras con que arranca no podrían ser más simples y al tiempo exaltadas: “Cuando yo volé de Nicaragua a los Estados Unidos para ingresar al monasterio trapense de Gethsemani, Kentucky, iba conmigo en el avión un tío mío; él bajó en El Salvador para cambiar de avión, y cuando yo me despedí de él me despedí de lo último que me ligaba con el mundo, y ya quedé a solas con Dios.” El último capítulo de La revolución perdida concluye con una oración en prosa –las oraciones, hay que tener presente, se hacen en verso-: “Toda revolución nos acerca a ese Reino, aun una revolución perdida. Habrá más revoluciones. Pidamos a Dios que se haga su revolución en la tierra como en el cielo.”
Las Memorias cardenalianas abren con una duda respecto de la vocación religiosa, y cierran su ciclo con una duda respecto de la convicción política. Sin embargo, la apertura y la clausura en realidad reafirman la vocación y la convicción, aun en las dudas y los miedos. Sin temor a exponer sus debilidades morales, el traductor de Pound realiza un tour de force por sus titubeos intelectuales, sus apasionamientos políticos y sus encaprichamientos amorosos, tour de force que no se aparta del retrato de los otros Ernesto Cardenal, sino que al contrario, ahonda en la fisonomía íntima del niño de familia económicamente acomodada, del incipiente escritor y escultor, del revolucionario cristiano y del sacerdote socialista.
De los tres tomos de las Memorias el más apreciable es, para mí, Las ínsulas extrañas, quizá porque es el que tiene mayor entraña poética, desde su título, tomado de unos versos de San Juan de la Cruz. Sin duda hay más pasión –en su doble significado: sufrimiento y gozo, dolor y placer- en Vida perdida, y a todas luces hay mayor militancia revolucionaria y ánimo insurreccional en La revolución perdida, pero en ninguna de las dos se halla tan a flor de palabra el espíritu rebelde, voluntarioso, alegre e imaginativo que campea en Las ínsulas extrañas.
Vida perdida revela tres iniciaciones y las consecuencias de las tres en la existencia de Cardenal, quien, como en el versículo de San Lucas que le sirve de epígrafe, intuye que en las cosas del amor humano y del amor religioso, “el que pierda su vida por mí, la salvará.” La vida de Cardenal es una vida perdida porque en su infancia presiente la vocación religiosa, pero ésta se diluye entre las costumbres recatadas y sosegadas de Granada, su ciudad natal, y la modernidad a caballo en las calles empedradas de León, su ciudad adoptiva, y de nuevo en la Granada conservadora, ciudad del adolescente.
En el diseño y la ilustración que realizaron Vicente Rojo Cama y Teresa Guzmán para la edición del Fondo de Cultura Económica –las Memorias se editaron en Nicaragua bajo el sello Anamá y en España bajo el sello de Trotta-, la portada de Vida perdida es un inmenso follaje de palmeras y acacias verdosas, movidas por el viento, que apenas dejan parajes claros. Una selva en que se pierde la vida, pero en la que también se la reencuentra, se la recupera.
Vida perdida es un tomo en que Cardenal se pierde y se encuentra entre el follaje de una infancia privilegiada que le permitió observar el advenimiento de las grandes fortunas económicas nicaragüenses en su cotidianidad, así como se encuentra y se pierde en el follaje de los devaneos amorosos de la adolescencia y la juventud, algunos logrados y otros malogrados, pero que para él culminan con un amor deshabitado, el que cultivó profunda y profusamente por una muchacha, también de la clase alta, amor que no se consumó, pues ella no le correspondió, pero que tampoco se consumió, pues él continuó su amor a través de la poesía y aun de los votos religiosos.
Como otros personajes que han abrazado la religiosidad, Cardenal tuvo una etapa mundana –según lo que es mundano para los cánones eclesiásticos-, pero su religiosidad no alcanza la mística tradicional, porque está apegada a las cosas, las personas, la labranza y la vida diaria, y más bien el Cardenal anterior al ingreso en la trapa de Gethsemani, pareciera en cierto momento haber dado proporciones místicas al erotismo y a las comodidades económicas, visto el sufrimiento que le causó despegarse de ambos, no como el Cardenal religioso, que llevaría su poesía a lo conversacional y al exteriorismo, de tan notoria influencia en la literatura hispanoamericana, y que procuraría hacer de la religión algo sencillo y palpable, incorporada a la comunidad, lejos de los modelos de comunidades católicas medievales que tanto atraen y confunden a otros religiosos, sino una hermandad católica dinámica, entendida de las necesidades de los creyentes contemporáneos, como lo deseaba Thomas Merton, monje trapense, místico del siglo XX aún no bien comprendido y menos estudiado, de quien Cardenal recibió tantas enseñanzas en el monasterio de Kentucky.
Vida perdida es la memoria de las iniciaciones. La revolución perdida es la memoria de la desilusión y la disolución, pero también del reencuentro y la introspección. En la portada de Rojo Cama y de Guzmán, la ribera de un río, amenazada por el avance de los árboles y las plantas acuáticas, encubre la figura de un guerrillero que lanza lo que tal vez sea una bomba de contacto. La imagen del guerrillero que irrumpe en el ambiente selvático es una realidad que se exilia en el sueño –de hecho, el combatiente fue fotografiado en plena refriega urbana por la fotorreportera Susan Meiselas-. Las palabras de Cardenal, en contraste, provienen de la realidad expulsada del sueño, inclinadas al realismo riguroso del versículo de San Lucas que le sirve de epígrafe: “Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones tengan calma, porque eso tiene que suceder primero, pero la restauración no es todavía.”
Hay emoción en La revolución perdida, así como hay un exaltado entusiasmo juvenil, y utopía y convicciones. Pero no hay idilios o idealizaciones. En abril de 1954, un grupo de disidentes de la dictadura de Anastasio Somoza García, entre los que se hallaban militares, empresarios, exiliados políticos, todos jóvenes, intentó, con más entusiasmo que organización, propiciar un golpe de estado contra el tirano, intento fallido que desembocó en la feroz represión de los involucrados, reales o supuestos. Cardenal participó en la “rebelión de abril”, como lo relata en el primer capítulo de La revolución perdida, y así también participó en otras revoluciones perdidas, con sus vidas y amores y esfuerzos perdidos, lo que, sin embargo, no le hizo perder su fe en las revoluciones.
La revolución perdida testimonia el camino de sangre y fuego que dio paso al triunfo del Frente Sandinista en 1979 sobre la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, hijo de Somoza García, al tiempo que testimonia la caída de aquella revolución debido a las corruptelas, los protagonismos, las cerrazones ideológicas de varios de los líderes, y por la sangría provocada por la guerra de “baja intensidad” impuesta por el entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, durante buena parte de la década de 1980, en la frontera hondureño-nicaragüense, para que no prosperase la revolución.
Hay pasajes bellos e inspirados en el tercer tomo de las Memorias, como “La ofensiva final” o “Viviendo en la casa de Somoza”, pero los más son capítulos en los que la realidad desequilibra al mito, en los que los rasgos de carácter de varios de los revolucionarios implican su desmitificación, sea a través del apunte humorístico, sea a través de las descripciones lacónicas y certeras, algunas de éstas aventajadas herederas del realismo y el costumbrismo españoles.
Entre la década de 1960 y la de 1970, Ernesto Cardenal, ordenado sacerdote en el Seminario para Vocaciones Tardías de Cristo Sacerdote, en Antioquia, Colombia, fundó en Solentiname, isleta del lago Cocibolca en Nicaragua, una comunidad cristiana. La experiencia espiritual, cívica, social, que representó la comunidad de Solentiname aún no se ha valorado con justeza, y hoy en día no faltan los que ven en Solentiname un amasijo de anécdotas más o menos verosímiles, pero siempre superficiales. La teología de la liberación, la poesía beatnik, el movimiento hippie y la utopía revolucionaria se citaron en la isleta y tuvieron encuentros y desencuentros al parejo. También apareció por ahí, como sello de la casa, la pintura primitivista o naif.
Si tuviera que definir el estilo prosístico de las Memorias, diría que es primitivista o naif y no faltaría a la verdad, aunque sería impreciso. En efecto, las Memorias son profusas en imágenes inocentes, armoniosas, policromadas y sin aparente estilización. Sin embargo el naif de la prosa cardenaliana es irónicamente generoso en imágenes cacofónicas, en desasosiegos emocionales y en violentos desequilibrios.
La selva se apropia de los espacios en las portadas diseñadas por Rojo Cama y por Guzmán para las Memorias. Una selva ambigua, a la vez enrarecida y emancipadora, destructiva y fértil. Dos selvas que se acosan y se desdicen: la realidad que acosa al naif y lo apabulla con su multiplicidad desequilibrada; el naif que hace de la realidad una puesta en escena, una representación idílica, juego de tensiones y distensiones que recorren los tres tomos, pero que en Las ínsulas extrañas alcanza su cifra y suma.
Si en Vida perdida y en La revolución perdida realidad e idilio andan paralelos, en Las ínsulas extrañas se bifurcan, se entrometen una en el otro: las plagas de insectos acechan a los misioneros que creen haber hallado en Solentiname una réplica del Paraíso, y la fe cristiana vertical y sincera perturba la violencia sorda de los que la utilizan como medio de avasallamiento.
La realidad desestabilizada por la corrupción, las ambiciones elitistas o los rencores clasistas, pero también la realidad re-evolucionada por la idealización y la armonización que se enuncian en la pintura naif. En la portada de Las ínsulas extrañas no se observan islas rodeadas de agua ni mares interrumpidos por las islas, sino las aguas y la tierra rocosa conciliadas.
No hay orden discursivo en Las ínsulas extrañas, sino que cada tema, cada evocación, se entrelaza, y así como “Un seminario en los Andes” finaliza con la imagen tensa y despojada de los asesinados y perseguidos por la ultraderechista oligarquía colombiana, “Mi conversión en Cuba” principia con una inconcesiva crítica a la represión contra los intelectuales desatada por sectores poderosos del régimen revolucionario, señaladamente en la década de 1970. No hay santos o demonios en Las ínsulas extrañas, sólo seres llenos de furias malsanas o de amores desatados. Ínsulas humanas.
La tau es la letra del alfabeto griego que en algunas tradiciones católicas medievales –los Caballeros de la Orden del Temple, los Seguidores de San Antonio Abad- representa la cruz sin cabeza en la que probablemente fuera crucificado Jesús. Es también el símbolo de los iniciados en la fe cristiana y de quienes se desprenden de los bienes materiales. La cruz sin cabeza de quienes no tienen dónde recostar la cabeza. En alguna de las pinturas naif de Solentiname he creído advertir la cruz sin cabeza, y no sería una impresión fortuita.
Vida perdida, Las ínsulas extrañas y La revolución perdida son tres lúcidos libros en los que un escritor retorna sobre su memoria para reconocerse en sus dudas, y reconoce sus dudas para saber que tiene memoria, la que únicamente se tiene si en verdad se ha vivido. Las Memorias de Cardenal no son estamentales ni testamentales, sino testimoniales y por lo mismo susceptibles de ser cuestionadas o rechazadas, pero no borradas, porque son el testimonio sensible y sensitivo de un escritor que se presenta sin más recursos que sus recuerdos vívidos y vividos.
Quienes no tienen dónde recostar sus pensamientos, los recuestan en el amor erótico, la religión, la poesía o el compromiso social. El signo que les conviene es la tau, que es, sin duda, el signo que le conviene a Ernesto Cardenal en persona y palabra.

El Nuevo Diario - Managua, Nicaragua - 28 de noviembre de 2009